COMENTARIOS DE UN INGENIERO AL EVANGELIO

Comentarios al Evangelio que también aparecen en la Web www.hijodedios.org

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Nombre: Rafael García Ramos
Lugar: España

2006-10-01

Vinculación razonada de dos importantes milagros de Jesucristo

Mt.14,13-23;Mc.6,33-46;Lc.9,11-17;Jn.6,2-15 Primera multiplicación de los panes (APARTADO 4.32 DEL LIBRO)
Al buscar la palabra “mujer”, el Programa Concordante me encaminó hacia este milagro que es el único, en todo el Evangelio, en cuyo relato intervienen los cuatro Evangelistas y cada cual lo hace según su personal interpretación de un mismo hecho sobrenatural.
Al hilo de este trabajo sobre “La mujer en el Evangelio”, me he fijado en algunos detalles que revelan datos con los que enjuiciar el supuesto trato de la sociedad de aquel tiempo con la mujer de aquel tiempo. Veamos los versículos de este pasaje donde de manera explícita e implícita se hace mención de ella:

Mt 14,21 Y los que habían comido eran como cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Mateo es un discípulo que ha visto con sus propios ojos el milagro que relata. Su Evangelio va dirigido fundamentalmente al lector judío, en general, al posible converso judío a quien trata de demostrar que Jesucristo es el Mesías. El destinatario principal de su mensaje es un hombre de raza judía, educado en una sociedad no propicia a entender que una hija de Dios es tan dueña del Corazón de su Padre como lo pueda ser el hombre más hombre por ser hombre.
Mi querido Mateo, ¿qué pretendes que se interprete cuando no tienes en cuenta el nº de mujeres que comieron, como los varones, de este pan, que milagrosamente se multiplicaba en las benditas manos de Cristo? Solo tú, en dos ocasiones, nos informas del nº de varones, 5.000 en un caso y 4.000 en otro, que se hartaron de comer el pan y el pescado, haciendo la observación de que no se tuvo en consideración el nº de mujeres. ¿Eran más o menos que los hombres? Pues yo creo, mi buen amigo Mateo, que esta puntualización hay que entenderla en función de la forma de ser de tus incipientes lectores más que en relación a la forma de ser de tu persona, porque de tu integridad y bien hacer nos has dejado como muestra tu Evangelio, una Joya que brilla para siempre como una Luz que lleva Vida en Sí misma. Solo un hombre de Dios, un hombre noble, puede ser el autor de semejante Escrito.

Lc 9,14 Porque eran como unos cinco mil hombres. Y dijo a sus discípulos: Hacedlos recostar por ranchos como de cincuenta cada uno.

Lucas, el evangelista de la mujer, no hará de ella expresa referencia en este pasaje. En su descripción, obvia elegantemente, el muy respetable nº de mujeres que también se beneficiarían del milagro de Cristo. Este gentil médico no fue discípulo que conviviera con Cristo, no le conoció personalmente, sin embargo redactó su Evangelio recibiendo información de primera mano de aquellas mujeres que fueron testigos oculares de la vida de Cristo. La primera Mujer, de la que Lucas recibió información, fue la Virgen María. Mi buen amigo Lucas es un hombre, de notable cultura y amable trato, que empleó la cortesía y el respeto a la mujer, como no se podía esperar menos de un caballero que escribió el Evangelio de la Misericordia.

Mc 6,44 Y eran los que habían comido los panes cinco mil hombres.

Sabemos que Marcos escribe su Evangelio al dictado de Pedro. La idiosincrasia de Pedro se manifiesta por la manera contundente con la que relata lo que vieron sus ojos, lo que sus oídos oyeron y lo que tocaron sus manos. Amiga lectora, amigo lector, observa cómo los anteriores evangelistas dan, proximado, el nº de cinco mil los hombres que presenciaron el milagro de Jesucristo. Observa así mismo como Pedro no da opción a la aproximación, fueron cinco mil hombres, ni uno más, ni uno menos. “Dime como escribes y te diré como eres”, esto bien se puede aplicar al Evangelio de Marcos y si damos por hecho que el espíritu de Pedro está patente en esta sintetizada Escritura, comprenderemos que jamás se ha descrito, con tanta realidad imperativa, hechos de semejante trascendencia divina y con menos palabras. Mi buen amigo Pedro, con respecto a la referencia de la mujer en este pasaje evangélico, está en la misma línea de mi buen amigo Mateo. Escribe para una sociedad de su tiempo no propicia a hacer intervenir a la mujer en los asuntos públicos que supusiesen debate en la interpretación de las ideas con las que se pretendía ganar la mente y el corazón de tus interlocutores. En Roma habían senadores y no senadoras, en Israel habían doctores de la Ley y no doctoras de la Ley, habían fariseos y no fariseas.

Jn 6,10 Dijo Jesús: Haced que los hombres se coloquen en el suelo. Había mucha hierba en aquel lugar. Se colocaron, pues, los varones, en número como unos cinco mil.

Amiga lectora, amigo lector, a la vista de este versículo de San Juan y puesto que estamos contemplando el mismo suceso redactado por otros tres evangelistas, no podemos evitar el hacer concatenación de datos que nos llevan a las siguientes conclusiones:

a. San Juan tampoco hace mención al importante nº de mujeres y niños que allí estaban.
b. Jesús manda que los varones se coloquen en el suelo en grupos separados de 50.
c. Con 50 varones por grupo tendríamos 100 grupos.
d. Por lo que se aprecia en San Marcos también se formaron grupos de 100 que, probablemente, serían de mujeres y niños exclusivamente.
e. Los varones estaban en una zona y separadas, en otra zona, las mujeres y niños.
f. Posiblemente, contando con las mujeres y los niños, los grupos de 50 y de 100 personas que se formaron, separados entre si, para poder circular entre ellos, ocuparían una superficie superior a los 200.000 M2, es decir la superficie de 20 campos de fútbol.
g. En la distribución de estos panes y peces es posible que intervinieran más de 150 discípulos de Cristo.
Ante estas deducciones, amiga lectora, amigo lector, nos surgen las siguientes preguntas:

1) ¿Por qué el Señor quiso los grupos con solo varones separados de los grupos con solo mujeres y niños?
2) Dice el Evangelio que el día comenzó a declinar, estamos hacia la mitad de la tarde. Antes de que la noche se cerrara y viniera la oscuridad consecuente, ¿cómo pudo distribuirse, en tan corto tiempo, comida para tantas personas?
3) Un experto en acústica se preguntaría cómo fue posible que la voz de Cristo llegara a los oídos de un gentío, probablemente, cercano a las diez mil personas contando con las mujeres y los niños. ¿Cómo puede oírse la voz de un Hombre, sin megafonía, que habla, sin gritar, a una multitud semejante, esparcida por una superficie de 20 hectáreas?

A la primera pregunta se puede responder con la sencillez del que sabe que Dios conoce el corazón del hombre y el corazón de la mujer. El Señor interviene con prudencia divina, con la prudencia de un Padre que conoce perfectamente a sus hijos y a sus hijas.
A la segunda pregunta se contesta con el sentido común y a la vista de lo que se lee entre líneas puede confirmarse que en las manos de Cristo se multiplicaban los panes y los peces, pero también se multiplicaban en las manos de sus discípulos que los repartían, sin agotarse, por los grupos de varones, de mujeres y niños.
A la tercera pregunta se contesta con la Fe. Solo a Dios se le puede atribuir semejante poder para hacer posible que su palabra llegue, al oído humano, nítida y perfectamente entendible sin necesidad ni de la técnica, ni de la ciencia. Cristo habló a sus oyentes con palabras de Hombre y Omnipotencia divina. En este acontecimiento histórico, realmente sucedido en nuestro tiempo y en nuestro espacio, se han dado un conjunto de hechos inexplicables para la razón humana. Poner en duda la divinidad de este Hombre, Jesucristo, después de haber asistido a tan sorprendente relato, es como encender una cerilla para alumbrar al sol en la hora cenital. Jn 1,11 Vino a lo que era suyo, y los suyos no le recibieron.

Jn.6,34-47 “Yo soy el Pan de la vida”(APARTADO 4.34 DEL LIBRO)

Siguiendo cronológicamente los acontecimientos evangélicos y parándonos solo donde se hace mención de la mujer, nos volvemos a encontrar con la referencia que en este pasaje se hace de la Madre de Jesús. Ya hemos llegado al final del 2º año de la vida pública. Estamos, todavía, bajo el influjo de unos hechos sobre los cuales nunca habíamos reflexionado. El Programa Concordante nos ha mostrado los matices diferentes con los que se ha redactado un inaudito milagro por cuatro hombres distintos y con personalidades distintas.
Solo San Juan nos mantendrá la atención sobre lo que estupefactos hemos contemplado con nuestros ojos. Ahora el Águila de Patmos nos lleva a la sinagoga de Cafarnaúm para oír palabras inauditas en boca de un Hombre, el mismo Hombre que acaba de consumar un portentoso milagro. ¿Qué le oiremos decir? Pues le oiremos decir cosas como estas: “…he bajado del cielo…”; “…el que cree en Mí tiene vida eterna…”; “…lo resucitaré en el último día…”. De estas afirmaciones los oyentes se escandalizan con: “…he bajado del cielo…” y murmurando manifiestan conocerle a El, a su padre José y a su Madre Maria. ¿Cómo podemos creer que viene de otro mundo, que ha bajado del cielo, si ha crecido con nosotros en nuestro mismo pueblo? Sin pestañear, sin perder detalle, fijamos la mirada en Jesús que todavía eleva más el tono de su discurso y entre otras cosas viene a decir: “…nadie ha visto al Padre…”; “…solo Yo, que vengo de parte de El, soy el Único que ha visto al Padre…”.

Amiga lectora, amigo lector, aquí podría terminar la exposición del trabajo que me ocupa sobre la mujer en el Evangelio en este 2º año de predicación pública, sin embargo, al no poder dejar de asombrarme con las manifestaciones que oigo de este Hombre prolongo mi atención y la tuya oyendo cosas como estas: “…Yo soy el Pan de la vida que baja del cielo…”; “…el que coma de este Pan vivirá para siempre…”; “...este Pan es mi Carne…”;

No puedo entender de diferente manera a como entendieron los que escucharon en la sinagoga. Este Hombre está ofreciendo su Carne para que yo la coma, aún más, me ofrece su sangre para que, también yo la beba. Si esto hago, Jesucristo permanecerá en mí y yo en El, viviré de El, me promete la vida eterna y la resurrección en el último día. Por último como colofón a su discurso, Jesús me asegura que las palabras que me ha hablado son Espíritu y Vida.
La misma multitud que pretendía hacerlo Rey en virtud del maravilloso milagro que acababan de contemplar, al oír estas palabras, lo abandona. Jesús solo se queda con los Doce y en este momento también se queda solo contigo y conmigo, amiga lectora, amigo lector.
A dos mil años vista de estas palabras, yo ya entiendo cuando como el Pan y bebo el Vino del Sacrificio Eucarístico que estoy comiendo y bebiendo la Carne y la Sangre de mi Señor. Las palabras del Amado tienen sentido real y literal. Jesús me da a comer su verdadera Carne y a beber su verdadera Sangre, lo hace de la forma en la que yo puedo gustarlo, con sabor a pan y sabor a vino, pero con la seguridad incuestionable de que gusto su Carne de Hombre y su Sangre de Hombre y esto es así porque toda la Persona de mi Señor está viva, como vivo yo, en el Pan y el Vino que se consagra en la Misa. El Jesús, que hace dos mil años, ofrecía su Carne y su Sangre para que fuera comida y bebida por aquellos que le escuchaban, es el mismo, así como suena, el mismo que se deja caer en mi boca cuando el sacerdote pone en mi lengua o en mi mano la hostia consagrada. Aquellos hombres contemplándole con sus ojos y oyéndole con sus oídos no le creyeron y le abandonaron. Tu y yo amiga lectora, amigo lector, no le vemos ni le oímos y sin embargo lo reconocemos tal y como es en ese trocito de Pan que, cuando podemos, cada día, procuramos gustar y asimilar en lo más noble e íntimo de nuestro espíritu.

Ahora que me he quedado a solas con Cristo, no puedo evitar repasar lo que he visto y lo que he oído. He visto las manos de un Hombre en las que se multiplicaban los panes y los peces por miles. He visto comer hasta saciarse a cinco mil hombres y a un número indeterminado de mujeres y niños, en conjunto una multitud, supuestamente, cercana a las diez mil personas esparcidas en grupos sobre una superficie de quizás 200.000 M2. He contemplado como la comida llegaba a las manos de miles de comensales en brevísimo tiempo. He deducido que de manera inexplicable la voz de este Hombre era escuchada por todos, con independencia de la distancia del oyente. He oído a este Hombre decir que viene del cielo, que solo El ha visto al Padre Dios, que es el Pan de la vida, que el que cree en El no conocerá la muerte eternamente, será resucitado en el último día. A este mismo Hombre le escucho, atónito, ofrecer su Carne y su Sangre para que sea comida y bebida del que crea en Él, porque el que así lo hiciere vivirá de Él y para siempre. He visto como a pesar del gran milagro vivido por la multitud, ésta no da crédito a las palabras de este Hombre y lo abandona.
En este momento, en el que se mezclan en mi alma la Fe, del que cree y quiere creer, con el pragmatismo de una razón acostumbrada al razonamiento técnico como ejercicio de la profesión de ingeniero, trato de justificar a la inteligencia la viabilidad complementaria entre dos acontecimientos históricamente incuestionables, la multiplicación por miles de cinco panes y dos peces y unas afirmaciones realizadas por el mismo Hombre, que asumidas en su sentido literal me caen fuera de la lógica. Con solo el simple uso de la razón me ocurre como a sus oyentes: no lo comprendo. Sin embargo, en virtud del inmenso atractivo que este Joven genera en mi alma, mi voluntad apela a la Fe con la que me llego a este Hombre, que por la multitud ha sido abandonado, para decirle: “Te he visto y te he oído, dime cómo y cuándo me das a comer y beber la Carne y la Sangre que me ofreces, dime de qué modo te he de comer y beber porque estoy determinado a comerte y beberte aunque no conciba de qué forma lo he de hacer”.
La respuesta no se ha hecho esperar, he buscado en el Programa Concordante la frase: “mi cuerpo” y la he encontrado 5 veces, 3 de ellas recogen la frase en el momento solemne de la institución de la Eucaristía. Mateo, Marcos y Lucas vienen a manifestar lo mismo cuando Cristo toma un trozo de pan y lo ofrece a sus discípulos diciendo: “Tomad, comed: éste es mi cuerpo”.
Con la misma atención con la que escuché sus palabras en la sinagoga de Cafarnaúm, he escuchado estas palabras de Jesús en el Cenáculo. En ambas ocasiones, la solemnidad y contundencia con las que fueron dichas no me deja opción a interpretarlas en sentido metafórico. Con la voz grave y el gesto serio, Cristo pronuncia estas palabras para que el oyente las interprete en su sentido estrictamente literal y al asumirlas tal y como suenan, ante mis ojos tengo un trozo de Pan que me viene ofrecido de la mano de un Hombre que me asegura que este Pan es su Carne y que este Vino es su Sangre. Pero para que este Hombre, ni se engañe ni me engañe, ha debido ocurrir algo extraordinario que no he detectado con mis sentidos. Se ha producido un hecho misterioso que se define como Transubstanciación, en virtud del cual el pan y el vino, que como tales reconozco con mis sentidos, se han transformado, de manera irreversible, en la real y verdadera Persona de Cristo, es decir, veo, palpo y gusto al Hijo de Dios oculto bajo las especies de pan y vino, pero verdaderamente presente. Tiene que ser verdad que este Hombre es el Pan que me ofrece, la Sangre que me ofrece, solo así puedo entender lo que hasta ahora no había entendido: que yo me lo pueda comer y beber en el modo y forma, con la que se hace posible, según mi naturaleza humana.
”…dime de qué modo te he de comer y beber porque estoy determinado a comerte y beberte aunque no conciba de qué forma lo he de hacer”. A este requerimiento del que pretende consumar el acto de comer a su Interlocutor, sin saber como será posible, manteniendo la compostura intelectual en virtud del ilimitado crédito que me da la Persona de quien me está ofreciendo comer su Carne y su Sangre, quedo a la espera, sin más elucubraciones, de que mi Autobiografiado, el mismo Cristo, dé el siguiente paso. Todas mis facultades están al limite de sus posibilidades y con suprema atención observo al Hombre, que en tantas ocasiones ha suspendido las leyes de la naturaleza, que fija sus bellísimos ojos en los míos, que toma un trozo de pan, que alarga su mano y me lo ofrece pronunciando estas palabras: ”…toma y come, porque este es mi Cuerpo”.
Evidentemente, yo no esperaba que este Hombre se desprendiera a jirones de su carne humana para dármela a comer o se abriera las venas para darme a beber su sangre. He tomado el trozo de Pan que el Señor me ha dado, miro al Pan y lo miro a El que me está confirmando que le tengo en mis manos. Mis sentidos no me han detectado nada extraordinario y sin embargo se ha consumado un hecho sobrenatural sin precedentes, en virtud del cual la Persona que me da el Pan y el Pan mismo son la misma cosa. Y esto es así porque así me lo asegura el Hombre en quien es imposible que haya engaño y que me engañe, el Hombre a quien las potencias de mi alma le dan más crédito que a la meridiana evidencia de mis sentidos, porque para mí, este Hombre, es mi único Dios, el Ser Fontal por el que he venido a ser en este mundo en el que vivo, me muevo y existo, la única razón de mi existencia, mi último y eterno destino.


¡Esta es mi Fe, la Fe de la Iglesia Católica!




¿Aborrecer al padre, a la madre, a la mujer, a los hijos...?

Lc.14,25-33 La abnegación (APARTADO 5.51 DEL LIBRO)

Caminaban con El grandes muchedumbres, y, vuelto a ellas, les dijo: “Si uno viene a Mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Quien no carga con su cruz y se viene en pos de Mí, no puede ser mi discípulo”.

Cuando uno se llega a Cristo montado en el caballo de su imaginación y de sus sentimientos, se encuentra de frente con un Crucificado que le clava sus divinos ojos en el alma, y entonces el que, en virtud de estas “positivas vibraciones sentimentales”, vino al encuentro del Maestro, se volvió despavorido, horrorizado, y a galope tendido desanduvo el camino andado. Estos, difícilmente, volverán a encontrarse con Jesús.
Con el Hijo de Dios caminaban multitud de personas, grandes muchedumbres, dice nuestro amigo San Lucas. Dios hace un alto en este su caminar terreno, se vuelve a esta multitud de hombres y mujeres y reclamando su atención les manifiesta con rotundidad divina las inauditas condiciones que exige para ser discípulo Suyo, para seguirle. Pone el listón altísimo, tanto que para superarlo se ha de llegar hasta la suprema determinación de elegirle a El antes que a los seres más queridos si en esta encrucijada nos pusiera su Providencia. ¿Esto es posible?, ¿se puede asumir?, ¿qué debo entender?, ¿acaso se puede aborrecer a un padre, a una madre, a una mujer, a unos hijos? Esto debo entenderlo con una buena dosis de sentido común porque Jesús no es un tirano que demande a su discípulo cosas imposibles. Cristo es el que lleva la iniciativa cuando requiere el amor del corazón de un hombre o de una mujer. Cuando llama a la puerta del alma no repara en tu estado pero tampoco te saca de él. Si respondes, no cambias de vida pero sí de filosofía, todos tus actos comienzan a tener trascendencia divina, tu norte se desplaza fuera de este mundo.

“Si alguno me amare, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y a él vendremos y en él haremos mansión”. Así como suena, amar a Cristo supone ser amado a su vez por el Padre, que con el Hijo se digna habitar en la persona que responde, con toda su alma, a la súplica de un Amado que no merezco y sin embargo lo tengo, permanentemente, a la puerta de mi espíritu esperando, con paciencia divina, ser aceptado como el más sublime amor que se puede soñar, un amor que no tiene medida ni referencia.

Aceptar a Jesucristo, que se llega, apasionado, para recibir lo que desde la eternidad te ha demandado y tú, a su vez, en supremo abandono, le entregas, supone un fulminante cambio de vida que trastoca la escala de valores con la cual consumabas tus actos al dictado de tu voluntad inspirada por un entendimiento que ahora discierne a lo divino, porque Personas divinas que en ti permanecen, con absoluto respeto a tu libertad soberana, te predisponen hacia una nueva actitud de perfección que te transciende, un cambio que tú mismo percibes y así mismo perciben los demás.

Jesús se ha dado a Sí mismo, en toda su plenitud humana y divina a todos y cada uno de los hombres y de las mujeres que vengan a ser en este mundo, sin embargo se escoge a poquísimos amantes con los que tiene una predilección singular. Amiga lectora, amigo lector, el Dios hecho Hombre se te puede hacer presente en un dulce sobresalto que de manera inesperada se hace realidad en tu pequeño vivir sea cual sea tu condición y estado. El Corazón de Cristo, un Corazón de Hombre, puede venir a tu encuentro donde menos y cuando menos lo esperabas. Te puede ofrecer el amor más grande que puedas soñar en tu juventud, en tu madurez o en tu ancianidad, puedes percibir en lo más íntimo de tu yo el susurro de Alguien que te habita el alma y que a su vez te demanda un afecto inmenso, un amor que no tiene precio.

Amiga lectora, amigo lector, a la hora de la verdad, cuando te dispones a cruzar a la otra orilla, en esta se quedan todos tus amores. Te seguirán amando, pero el tiempo hará de tu memoria un plácido recuerdo que terminará extinguiéndose con los años. Nadie de los que tanto has amado en este mundo te acompañará. Ya has puesto el pie en la barca y de pronto te sorprendes al comprobar que no vas solo. Fijas la atención sobre Alguien que no es ajeno a tu espíritu, Alguien que está a tu lado, que conoces porque le amaste sin verlo y cuando ya fijas tu atención se hace meridiana su figura, es ese “Amado mío” con el que tantas veces le has respondido a sus infinitas demandas de amor, es el Cristo que tanto te exigió porque tanto te dió.

Las inauditas palabras de Cristo no están lejos de la realidad, pues no es difícil constatar cómo responden algunos padres a la incipiente vocación de una joven o de un joven a la vida religiosa, a la vida sacerdotal que supone el trastoque de un futuro predeterminado por unos padres, por supuesto muy respetables, pero que hacen padecer a una hija, a un hijo en situación de asumir las inauditas palabras de Cristo. Esto es la inexplicable contradicción de los buenos, porque casi todos los padres son buenos.

Con referencia al padre o a la madre que tiene que dar rotundo testimonio de su Fe, ahora, en esta sociedad occidental, la que se dice cristiana, son de evidente actualidad las exigentes palabras de Cristo, palabras que un padre cristiano tiene que asumir a la hora de suplicarle a su hija o a su hijo que no se case en un ayuntamiento, en un juzgado, que no se case con un divorciado, con un separado..etc… Qué difícil resulta para un padre no acompañar a su hija o a su hijo en un acto de este tipo, un acto en el que Dios no está. Esto es lo que le pide Cristo. ¿Quién comprenderá a este padre, a esta madre?

No hay hombre o mujer que pase por este mundo sin una cruz, cruz que es solamente suya, la que Dios le ha designado. Es una cruz que cada cual llevamos por un caminito personal e irrepetible, un camino por el cual nadie ha caminado, ni nadie, después de mi, caminará. La cruz tiene una dimensión determinada con independencia de nuestras creencias, pero sin Fe la cruz pesa más y además no se rentabiliza. Con ella a cuestas llego a las puertas del Paraíso o a las puertas del Infierno, depende de mi actitud ante este inevitable peso. Si con mi cruz no voy tras de Cristo no puedo ser su discípulo. Sin Amor, sin Fe y sin Esperanza el abrazo con la cruz es desesperación. Si cuando la cruz pesa más, si cuando más siento la profunda depresión del sufrimiento insufrible, soy capaz de alzar la vista hacia mi Dios Crucificado para pedir compasión de Quien a su vez compasión me pide, comprobaré que mi cruz y la de Jesús son la misma Cruz y desde esa Cruz mis sentimientos serán los de Cristo y sus palabras las mías: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Morir y resucitar dos veces

Jn 11,1-16 Lázaro enferma y muere (APARTADO 5.56 DEL LIBRO)


Amiga lectora, amigo lector, si te reconoces creyente pero a su vez no practicas tu Fe, no eres consecuente con lo que crees, no sigas leyendo, porque conocer lo que ahora relato va a comprometer tu alma para siempre. Decir que se ama y no practicar el amor es una mentira o por lo menos una actitud tibia por la cual uno puede ser vomitado de la boca de Dios.

Caminamos hacia el final del Año 3º y San Juan nos mete de lleno en un drama al que asistimos con toda la atención del que ya conoce a los personajes y por los cuales siente un particular afecto. En la casa de Marta, de María y de Lázaro, amigos íntimos de Jesús, se vive con inmensa preocupación la grave enfermedad de Lázaro. Dos grandes mujeres de carácter diferente tienen sin embargo un sentimiento común, un común amor a un entrañable hermano que les tenía ganado el corazón. Lázaro se está muriendo. El facultativo emite el diagnóstico más preocupante y la evidencia de esta penosa enfermedad hacen que las hermanas se decidan a poner en conocimiento del Amigo la angustia de esta familia. Lo hacen con un discreto recado, con un respeto inmenso a la Persona de Jesucristo:

“Señor, mira, el que amas está enfermo”.

Los hechos tal y como los describe San Juan, son rotundamente históricos, es decir, si pudiera retrasar el tiempo, si me llego al sitio donde se consumaron, los tendré a la vista tal y como podría percibir cualquier otro acontecimiento en mi presente. No estamos ante un relato parabólico, una leyenda, un cuento, etc., estamos ante una realidad consumada y contemplada por muchas personas que pudieron testificar lo que vieron sus ojos y oyeron sus oídos. Un hecho comprobado, cierto, que ha sucedido realmente.

Jesús se da por enterado, recibe el mensaje captando la inmensa angustia de sus amigas. Contesta al mensajero con unas palabras que ni comprenderá el enviado, ni las hermanas, ni los discípulos que le estaban oyendo. A dos milenios pasados, los que ahora leemos este pasaje del Evangelio, si lo entendemos y en consecuencia asumimos que el Hombre que las ha pronunciado es el Hijo de Dios. Jesús conoce perfectamente que de aquí a dos días su amigo morirá y sin embargo no manifiesta prisa por ayudar a esta familia. Conoce, con anticipación, de que los trágicos hechos se consumen, el resultado final de este drama:

“Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios”.

Es decir, la razón determinante por la que Lázaro muere no es la consecuencia de una penosa enfermedad, sino que será el medio providencial con el cual Dios se valdrá para glorificar a su Hijo a los ojos del mundo. Y ¿Quién es este Hijo de Dios por cuya glorificación un hombre enferma y muere? Pues es este mismo Hombre que hace semejante afirmación, es el Destinatario del recado enviado por las hermanas de Lázaro, es este Jesús que permanece dos días más en el lugar donde estaba, hasta que su amigo fallece y de lo cual tiene conocimiento sin que nadie le informe:

“Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarlo”.

Para Jesucristo Lázaro se ha dormido, para nosotros, que hemos vuelto a Betania, lo que apreciamos es un cadáver que quizás, en función de la grave patología que se deja entrever (cáncer), en breve comenzó a corromperse y manifiestamente se dejaba sentir con un hedor insoportable. Lázaro ha muerto y su muerte se certifica porque:
Cesó la función respiratoria
Cesó la función circulatoria
Se produjo un enfriamiento cadavérico
Se produjo una lividez cadavérica
Se produjo una rigidez cadavérica
Se produjo pérdida de contractilidad muscular
Cesó, irreversiblemente, la función encefálica
Por último, como signo inequívoco, comenzó la putrefacción cadavérica.

Esto es morir y en tal estado, nuestro amigo Lázaro es amortajado y sepultado en el sepulcro familiar, a las afueras de Betania. Sus hermanas, Marta y María le lloran desconsoladamente porque bien saben ellas que el que se muere, el que se va ya no vuelve jamás. No oirán su voz, no verán su figura, su sonrisa, no sentirán las caricias y los besos de su querido Lázaro. El hermano se ha ido para siempre.

Ahora nos volvemos al lugar donde está Cristo que determina volver a la Judea a pesar de estar amenazado de muerte y ante las objeciones que le hacen sus discípulos dirá:

“Lázaro murió, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vamos a él”.

Para el Señor, Lázaro dormía, pero para que lo entendamos dirá que Lázaro ha muerto tal y como lo hemos demostrado anteriormente. Dirá también que se alegra de no haber estado allí porque de haber estado no hubiera muerto el amigo, sin embargo su ausencia le va a permitir consumar un estremecedor milagro al que vamos a asistir, amiga lectora, amigo lector, con el estupor del que lo vió en “vivo y en directo”, un milagro portentoso que ha de despertar la Fe, y obrar en consecuencia, del que esté leyendo lo que estoy escribiendo, pero que cegará para siempre los ojos de la Fe del que no quiere tenerla aunque esté contemplando un hecho tan trascendental al que le niega, voluntariamente, su incuestionable verdad y esto si que es un misterio de iniquidad en virtud del cual el que no responde a esta oportunidad se hace merecedor de su propia condenación.

“No envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. Quien cree en El, no es condenado; quien no cree, ya está condenado”. Jn 3,17-18

El Hijo de Dios se encamina hacia Betania. Ya han pasado cuatro días desde que Lázaro murió. Marta, cuando oyó que Jesús llegaba salió a su encuentro y entre sollozos se atreve a hacer un cordial reproche al que reconocía como capaz de haber impedido la muerte de su hermano si físicamente hubiera estado allí:

“Señor, si estuvieras aquí, no se hubiera muerto mi hermano; no obstante, ahora sé que cuanto pidieres a Dios, Dios te lo otorgará”.

Con estas palabras, Marta deja entrever que cree posible que Jesús puede resucitar a su hermano ahora, ahora mismo, solo tiene que pedirlo a Dios, a su Padre, y su Padre Dios se lo otorgará. Jesús le responde:

“Resucitará tu hermano”

Ella entiende que esta resurrección será lejana, al final de los tiempos, pero lo que en verdad le está sugiriendo es una resurrección inmediata de su hermano. Le dirá:

“Sé que resucitará cuando la resurrección universal el último día”.

Pero Jesús, con pausado tono de voz y gesto sereno le afirmará:

“Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí aun cuando muera, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”

Marta, con una emoción incontenida, con el corazón saliéndosele por la boca casi gritando le dirá:

“Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que viene al mundo”.

Jesús ya no sigue hablando con Marta. Le ruega que avise a su hermana María para que venga a verle. “Dile que la espero”. Marta, deprisa, fue en busca de su hermana, María. Le dice: “El Maestro está aquí y te llama”, ella con cierto nerviosismo acelera su paso para llegar a las afueras de Betania, allí donde Jesús la esperaba, cerca del sepulcro donde estaba el cadáver corrompido de su hermano, ya muerto de cuatro días. Le siguen los amigos de la familia que suponen que esta mujer vuelve a la tumba de Lázaro para seguir llorándole. María, viendo a Jesús le embargó una inmensa emoción, no pudo contenerse, se echa a los pies de Cristo y en un río de lágrimas se lamenta:

“Señor, si hubieras estado aquí, no se hubiera muerto el hermano”.

El llanto desconsolador de esta mujer, el llanto de los que la acompañaban llegan a los oídos del Hijo de Dios, del Hijo del hombre, a los de este Hombre que se estremece en lo más profundo de su Espíritu, se conturba y se ahoga esforzándose por sostener las lágrimas que casi le afloran a sus ojos divinos y humanos. Dios se estremece con el dolor humano, le conmueve hasta su médula divina el padecimiento del hombre. Esto es un misterio inexplicable. Cristo siente como Hombre, siente un temblor en todo su cuerpo embargado por una emoción que no puede contener. Con la voz quebrada, con un nudo en la garganta pregunta:

“¿Dónde le habéis puesto?”.

“Ven y lo verás”, le dirán los amigos de Lázaro, y de camino hacia la cueva donde se encuentra el cadáver, no puede contener su emoción y entre breves sollozos entrecortados, Jesús llora la muerte de Lázaro, su amigo.

Amiga lectora, amigo lector, ahora quizás toca hacer un alto en la lectura, echarse para atrás en el sillón del despacho, de la mesa de trabajo, en el sillón de la sala de estar de la casa y reflexionar sobre estas divinas lágrimas. Me viene a la mente lo que a mí mismo me ha ocurrido con una situación similar. Conocí al alcalde de un pequeño pueblo de mi tierra, Murcia-España, un pueblo que se llama Sangonera la Verde. Yo era el Ingeniero de las obras que en el pueblo se hacían, obras de tuberías y depósitos de agua potable. Mi buen amigo Lucas tenía un cáncer de huesos en muy avanzado estado y yo le visitaba con alguna frecuencia con el corazón enjuto por la compasión. Me daba una gran pena. El, con una mente meridiana y lúcida, sabía que se moría y pronto. Yo también lo sabía, pero hablábamos de otras cosas, del trabajo, de las obras, de la política. Sus pies y sus manos parecían botas, sus extremidades estaban hinchadas como globos que le obligaban a permanecer en una silla de inválido. Yo le encendía un pitillo, un pitillo para él y otro para mí y hablábamos.
–¿Lucas eres creyente?
-Sí, Rafael, soy creyente, pero no me llevo bien con el cura de este pueblo
-¿Qué me dices, Lucas? ¿Qué ha pasado?
-Este joven ha puesto al pueblo en contra mía, es un hombre que está haciendo mucho daño. No te lo puedo asegurar, amigo Rafael, pero mucho me temo que este cura no es un buen cura, no puedo decirte más.
-Lucas, entonces ¿no te asiste nadie espiritualmente?
-Si, todas las semanas me visita un amigo que es sacerdote, párroco de otro pueblo, que me confiesa y me da la comunión.
-Muy bien, Lucas. Mañana te regalaré un libro que trata de la Sábana Santa y un Rosario. Te conviene rezar el Rosario todos los días que puedas. Adiós, Lucas, hasta mañana.
Al día siguiente le llevé lo prometido, otro cigarro, una buena conversación y hasta la vista.
Cierto día, muy poco antes de morir Lucas, tuve que hacer varias gestiones en otras obras, en otros lugares de Murcia. Se me hizo tarde y montado en mi “citroen dos caballos” me dirigía a mi casa con una gran fatiga. Ya anochecía, pero conforme iba llegando me remordía la conciencia por dejar ese día de ver a mi amigo enfermo. Estaba agotado pero no pude parar el coche en la puerta de mi casa, me encaminé hacia Sangonera la Verde casi maquinalmente y ya de noche me llegué a la casa de mi amigo.
-Hola Lucas, tú no sabes lo que me ha costado llegar hoy hasta aquí.
El, con la voz grave y una serena sonrisa, me sorprendió con estas palabras:
-Rafael, aunque ya se ha hecho de noche yo sabía que tú, hoy, vendrías a verme, estaba seguro que vendrías.
Se hizo el silencio, puso sus ojos sobre mí con una mirada que no olvidaré jamás. En silencio saqué el tabaco de mi cazadora, le encendí un cigarro, me encendí otro y dando una profunda calada, puse mi mano sobre la suya hinchada como una bota y le dije:
-Amigo mío, ¿cómo te encuentras?
Lucas no me contestó, su rostro me pareció triste pero con una inmensa paz y serenidad, parecía que se estaba despidiendo de mí. De buena gana me hubiera puesto a llorar, sin embargo “haciendo de tripas corazón”, me puse a hacerle preguntas sobre su ejercicio como alcalde, sobre la limpieza del sufragio universal, sobre la verdad y la mentira de la política. Me dijo que yo era un inocente ciudadano lejos de entender los entresijos de esta actividad que se mueve en un mundo de ambición, de cinismo y de mentira. Lo abracé y le dije:
-Lucas, mañana no puedo venir. Volveré dentro de tres días, el día de tu Santo. Adiós.
Cansado pero con enorme satisfacción me volví a casa. Dormí de un tirón. Al día siguiente a trabajar. No me acordé de mi amigo Lucas. Al otro día, otra vez a trabajar. Por la mañana, de casualidad, cae el periódico local en mi mano. Estoy tomando café y pasando distraídamente las hojas de la prensa y de pronto se me subió la sangre al cuello. En las páginas interiores aparece una pequeña noticia. “El alcalde de Sangonera ha fallecido, después de una larga y penosa enfermedad, esta madrugada, el entierro será a tal hora”. Mi amigo, se murió el 17 de Octubre de hace ya más de 30 años, un día antes de su Santo. Con prisa cogí el coche y con prisa llegué hasta el pueblo donde estaba el cadáver de mi amigo. Entré en su casa llena de gente. Llegué entero, con dominio de mí mismo, pero al verme la hija de Lucas prorrumpió en un llanto sin consuelo que me partió el alma, pues a gritos decía:

-¡Pobre padre mío, aquí está el ingeniero cuyo nombre, Rafael, pronunciaste antes de morir!

Sentí un estremecimiento por todo mi cuerpo, apreté los dientes, quise sujetarme pero cuando vi a mi amigo amortajado comencé a llorar como jamás he llorado. Me salían las lágrimas como ríos incontenibles y con voz agrietada me lamenté diciendo:

-No me has esperado, amigo Lucas, te has ido sin que yo me despidiera de ti. ¡Cuanto lo siento, amigo mío!

Lloré por la impresión que me produjo el lamento de la hija de Lucas a la vez que contemplaba la imagen del cadáver de mi amigo. No pude evitar conmoverme porque además sentí que algo de mí se había muerto. La muerte me hizo llorar, se me anticipó la visión de mi último destino en este mundo. Asumí, quizás, por primera vez en mi vida, que así me verían mis seres queridos cuando Dios disponga llevarme con Él para siempre.
Conocí a mi amigo Lucas sólo unos meses, no más de seis o siete, pero su amistad es un tesoro que guardo con todo el cariño del mundo. Al poco fui trasladado a otros lugares de España para seguir ejerciendo mi profesión en la ejecución de obras. Me llegaron noticias de Sangonera la Verde. El cura se casó con la maestra del pueblo. Quizás, mi amigo, desde el cielo, intercedió por sus paisanos y quiso Dios que otro pastor, un buen sacerdote, se hiciera cargo de los habitantes de este pueblo cuyo alcalde me ganó el corazón para siempre.

Amiga lectora, amigo lector, ahora me vuelvo al relato evangélico y comprendo mejor las lágrimas de Jesús, las lágrimas de este Hombre con sentimientos como los míos por la muerte de un amigo y la certeza de que esa muerte también se consumará en El y en mí. El Evangelio, anteriormente, ya nos ha mostrado que el Señor con solo quererlo y a pesar de estar a distancia, en otro lugar, pudo curar a Lázaro, justo, si hubiese querido, en el momento de recibir el mensaje de sus hermanas. Esta no era la voluntad de su Padre, esta no era su Voluntad. Dios dejó a la naturaleza que siguiera su curso en la penosa enfermedad de Lázaro y como consecuencia muere y es enterrado. Dios tenía otros planes que no eran los de Marta y María. Hemos contemplado, con suma tristeza, las lágrimas de un Hombre y nos hemos identificado con Él. Continuamos y nos disponemos a ser testigos de un acontecimiento inaudito. Jesús llega hasta la cueva funeraria cuya entrada estaba tapada con una losa, está estremecido, a su alrededor hay mucha gente, a su lado Marta y María y de pronto dice:

“Quitad la piedra”.

El corazón de Marta se acelera en grado sumo, no puede reprimirse, “¿qué va a hacer este Hombre?”, está aturdida y le salen estas palabras:

“Señor, ya huele mal, que es muerto de cuatro días”.

Mientras se oye el sonido ronco y lento del roce de la piedra con la roca, Jesús se dirige a Marta:

"¿No te dije que, si creyeres, verás la gloria de Dios?"

La cueva está expedita, la piedra corrida, de dentro se desprende un olor húmedo y nauseabundo. La gente está petrificada, no se pierde detalle. ¿En qué va a quedar esto? En un silencio sepulcral se oyen las palabras de Cristo mirando al cielo y con los brazos alzados:

“Padre, gracias te doy porque me oíste. Yo ya sabía que siempre me oyes; mas lo dije por la muchedumbre que me rodea, a fin de que crean que Tú me enviaste”.

Cristo invoca a Dios como Padre Suyo que siempre lo escucha. Afirma tal verdad para que a su vez lo oiga la muchedumbre que lo rodea. Se dispone a ejecutar un acto divino que consumará con el pronunciamiento de unas palabras humanas oídas y entendidas por oídos humanos, de los hombres y mujeres testigos presenciales de este inaudito acto cuya verdad histórica se ha transmitido y se transmitirá de generación en generación hasta el final de los siglos, una verdad objetiva e irrefutable en virtud de la cual Jesucristo reclama la Fe de cualquier hombre que se de por enterado de este acontecimiento comprobado y cierto y por tanto reclamar la Fe en que el Dios, en el que nos movemos y existimos, ha enviado a su Hijo al mundo para que todo el que crea en El alcance la vida eterna. Ahora, Cristo, se vuelve hacia la entrada de la cueva funeraria y a voz en grito que sonó como un trueno en el oído de los presentes dijo:

“¡Lázaro, ven afuera!”

El difunto salió a la vista de todos, atado de pies y manos con vendas, con un sudario que le envolvía el rostro. Un escalofrío indescriptible recorrió la espina dorsal de todos, se oyó una admiración como si fuera una sola voz que parece oírse todavía en el espíritu de los que estamos leyendo este pasaje del Evangelio. Un supremo estupor invadió el alma de aquellos privilegiados testigos de semejante milagro. ¿Quién es este Hombre?, se preguntaban en lo más íntimo de su razón y conciencia. Y nosotros, a dos mil años vista, nos hacemos esta misma pregunta, pero... ¿quién es este Hombre?

Amiga lectora, amigo lector, estos son los hechos históricos, reales y verdaderos que ponen a prueba la Fe en Jesucristo. ¿Qué más pudo hacer para que creamos en su palabra? Esta pregunta se la hago a la lectora o al lector que se considera no creyente o que se considera creyente y no practicante. Si ha leído con atención, ahora es el momento de tomar una decisión que le va a poner en situación de elegir un comportamiento de cara al final de su existir en este mundo. Amiga mía, amigo mío, tú puedes decirte a ti mismo: “Comprendo que hasta hoy no he sido consecuente con la Fe que manifiesto profesar y acepto el mensaje divino con el que Dios me interpela el alma, ordenando los acontecimientos para que yo haya leído y entendido este portentoso milagro de su Hijo y en virtud de lo cual me sale del corazón un “Padre mío, perdóname” con el que vuelvo a comenzar tratando de practicar el amor con el agradecimiento a quien me ha estado esperando toda la vida, gratitud a este “Padre mío” que me ha hecho, por fin, reconocer al Hijo de sus entrañas que tanto ha dado por mí”.

Pero también te puedes decir: “He leído, he entendido, no tengo duda alguna, considero con toda mi razón e inteligencia que este hecho ejecutado en determinado tiempo y en determinado lugar, es un hecho verídico incuestionable y del cual solo se puede sacar la consecuencia de que este Hombre, Jesucristo, consumó una resurrección de un muerto ya podrido, una facultad que considero absolutamente imposible que se pueda dar en otro hombre. Sé a ciencia cierta que no ha habido, ni hay, ni habrá hombre alguno que en virtud de su propia facultad y por sí mismo sea capaz de hacer volver a la vida el cadáver corrompido de otro hombre. Por tanto asumo la divinidad de Jesucristo, acepto con absoluta libertad y con plenitud de conciencia, de facultades psíquicas y morales, que Jesucristo es el Eterno Hijo de Dios. Sin embargo con la misma voluntad soberana, con el mismo libre albedrío, escojo mi estado de tibieza o de consumada beligerancia contra Dios, contra su Hijo, contra su Iglesia, me niego a creer en lo que está meridiano como la luz del sol y por tanto acepto desde ya mi posible condenación porque es lo que quiero”.

¿Se puede dar en cualquier persona actitud semejante? Pues sí, se puede dar y de hecho se da en una medida desconcertante, en un misterio de iniquidad inexplicable, en una medida incomprensible para la razón de un bien nacido. La vida de una mujer, de un hombre con relación, por ejemplo, al tiempo que los científicos especulan sobre la edad del ser humano es un instante. En la era Antropozoica, apareció realmente el hombre (el Homo neanderthalensis y el Homo sapiens) y de este comienzo nos separan 3 millones de años. De la formación del planeta tierra, en el periodo Precámbrico, nos separan 4.600 millones de años. En el marco teórico del Big Bang, al Universo se le atribuye una edad de entre 14.000 y 20.000 millones de años. Supongamos 100 añitos de vida en este mundo. ¿Qué supone esta edad con las cifras anteriores? Es evidente y no te descubro nada amiga lectora, amigo lector, que cualquier ser humano asume, en lo más profundo de su ciencia y conciencia, que estas cifras son menos que nada comparadas con la eternidad, así como suena, la eternidad, la misma en la que fijas tu alma, a la hora de la muerte, en sus buenas o malas disposiciones.

Amiga mía, amigo mío, la vida es solo un suspiro, lo que dura el tiempo de decir: “Te odio con toda mi alma, Padre mío”, o decir: “Te amo con toda mi alma, Padre mío”. Cada cual elige, con plena libertad, su destino eterno y con esto he terminado. Si este artículo no te ha gustado, no te convence, no te interesa entenderlo, ya es tarde. Te avisé al principio. Ahora Dios está a la espera de tu respuesta, quizás no tengas otra oportunidad.

PD. Amigo Lázaro, al final del tiempo, en ti se dará una verdad con la que Dios Padre glorificó a Dios Hijo. Has tenido que morir dos veces y dos veces serás resucitado. Tengo muchas preguntas que hacerte, pero esto lo dejamos para otra ocasión.

La última opción

¿Quieres ir al cielo o quieres ir al Infierno?

Amiga lectora, amigo lector, esta pregunta, a primera vista, no tiene sentido, sin embargo si tuvieras la oportunidad de hacérsela a la mujer o al hombre, que se dispone a cruzar el umbral de la muerte, te sorprenderías con una respuesta que quizás no esperabas. Evidentemente, nadie, en su sano y sereno juicio, quiere iniciar el último y trascendental viaje de su vida con destino al eterno Infierno, pero para tu estupor y el mío comprobarías que muchos, muchísimos que no desean ir al Infierno tampoco quieren ir al Cielo. ¿Esto cómo se entiende?

¿Qué es la conciencia? La conciencia es la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Cualquier mente sensata distingue, desde que tiene uso de razón, la maldad de la bondad. Este atributo está inseparablemente unido al alma, le es inherente, es decir, si hay alma hay conciencia y viceversa. En la reflexión que nos ocupa la frase: “no tiene conciencia” carece de sentido porque la conciencia es imposible hacerla desaparecer. Cuando, por lo general, se ejecuta un acto que es intrínsecamente malo, con pleno conocimiento de causa, con el soberano ejercicio de la voluntad y en contra de lo que dicta la conciencia, se está suscribiendo una responsabilidad ante Dios y ante los hombres de la cual, se tendrá, necesariamente, que responder en función de la indefinida dimensión de sus consecuencias, se tendrá que responder del acto perverso, en esta y en la otra vida. Un acto de esta naturaleza no se olvida jamás, queda como esculpido en el alma, en la conciencia, secuestrada por la voluntad, pero no muerta, una conciencia que conserva, uno por uno, todos los actos que le han sido antagónicos, estos mismos que acompañan al hombre o a la mujer en trance de desembocar en la otra vida, en la eternidad. Cuando ha llegado la hora de la verdad, al desvanecerse la voluntad del hombre por la enfermedad, por el sopor que precede al coma, la conciencia emerge con toda lucidez y precisión demandando justicia. En este decisivo tiempo próximo a la muerte, la persona recapitula todos los actos de su vida con rigor y claridad meridiana, se dispone a responder de los mismos y fija su alma en una definitiva condición en virtud de la cual, porque así lo ha querido, se adentra en la eternidad con pleno conocimiento de lo que soberanamente ha elegido. Opta, libremente, por su último y concluyente destino para siempre.

¿Qué es la Fe? La Fe es un acto razonable y libre por el cual se acepta como verdadero lo que un hombre dice. Es la creencia en algo sin necesidad de que haya sido confirmado por la experiencia o la razón, o demostrado por la ciencia: tiene fe en que hay otra vida después de esta. Es un don de Dios. La Fe es patrimonio de la razón y la razón, a su vez, es patrimonio del alma, por tanto la Fe es algo inherente al yo de cada persona. No se puede afirmar: “No tengo Fe en nada” porque eso sería lo mismo que decir “No tengo yo” y esto es incoherente, es un absurdo. Por lo que respecta a los destinatarios de esta reflexión, a todos los que creen o han creído que existe, al otro lado de la muerte, un eterno Cielo o un eterno Infierno cuya opción es de libre elección del ser humano, podemos afirmar que en esta decisión intervienen dos voluntades, la de Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad y la del hombre que, ejerciendo su libre albedrío, se niega a conocerla, se autoincapacita para beneficiarse de la Misericordia de un Padre que tiene permanentemente tendida la mano hacia el hijo que no le quiere. El hombre puede, en la más perversa de sus decisiones, no solo no querer sino que además puede odiar y con este odio lanzarse al vacío de la eternidad donde le espera una eterna desesperación.

Ahora, amiga lectora, amigo lector, traigo a esta reflexión la muerte de dos hombres que se relata en el Evangelio. La muerte del ladrón en el Calvario y la muerte de Judas. En el Calvario, el Hijo de Dios, que está agonizando en un patíbulo en forma de Cruz, escucha las palabras ultrajantes de otro hombre, un maleante, que padece la misma agonía:

¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a Ti mismo y a nosotros.

A la otra vera del Dios Crucificado hay otro hombre, también crucificado, que reconoce, con pesadumbre, los actos de su vida pasada que son la causa de la amargura que está padeciendo:

¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Nosotros, a la verdad, lo estamos justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos; mas Éste nada inconveniente ha hecho.
¡Jesús, acuérdate de mí cuando vinieres en la gloria de tu realeza!


El Señor le contestará:

En verdad te digo que hoy estarás Conmigo en el Paraíso.

Al morir, el Redentor se llevó Consigo el alma del ladrón que moría a su lado. Lo llevó al Paraíso sin apartarlo de su vera. Este hombre que reconoció la perversidad de sus actos, fue capaz de ganarse el cielo porque asumió su maldad pasada aceptando el suplicio como tributo a su mala vida, la que ahora deja colgada en un palo, pero también tuvo la osadía de suplicar clemencia a un Hombre que estaba muriendo la misma muerte que él. Reconoció al Hijo de Dios sabiendo con toda certeza que la muerte de ambos no era definitiva: ¡Jesús, acuérdate de mí cuando vinieres…!
¿Qué ocurrió en el alma de este hombre? Resumió y ordenó sus actos pasados, aceptó con inmensa vergüenza las consecuencias de los mismos, se apenó de las secuelas con la que su conciencia le mostraba el daño en otros inocentes y se reconoció merecedor de la muerte que sufría y aceptaba, como expiación de sus culpas, buscando la misericordia con la Esperanza de merecerla. Con su arrepentimiento y dolor de corazón se ganó el eterno Cielo en el acto.

Pocas horas antes de este patético drama del Calvario, Judas devuelve el salario de su traición diciendo:

Pequé entregando sangre inocente.

Y arrojando en el santuario los siclos, se retiró, y, marchándose de allí, se ahorcó, y habiendo caído de cabeza, reventó por medio y se le salieron todas las entrañas.

Así describe la Sagrada Escritura la muerte tenebrosa de un hombre sobre el que Dios asegura que mejor le hubiera sido no haber nacido. ¿Qué ocurrió en el alma de este hombre? De no mucho tiempo atrás, Judas, voluntariamente, se dejó llevar por la avaricia que lo predispuso hacia el pecado más grande que se ha dado en un ser humano. Estudió, maquinó con endemoniada alevosía la forma de entregar a su Maestro, lo hizo por el dinero, pero sobre todo porque la amistad de Jesús y de sus discípulos se le hizo insoportable, consumó su infamia con el calor húmedo de un beso en el rostro de su Dios, una vileza que Jesús Hombre no esperaba, una deslealtad manifestada con una muestra de cariño, con un beso envenenado que sorprendió al mismo Dios.
Judas lleva dentro de sí a Satanás que le invita al suicidio porque no puede soportar vivir con el permanente susurro de su conciencia, más viva y activa que nunca, que le requiere respuestas a las preguntas: Judas, ¿qué has hecho? Judas, ¿por qué lo has hecho?....El ahorcado no morirá instantáneamente, de cara a su expiración, en breves segundos, vuelve a contemplar su pecado y no se perdona así mismo, no acepta que la Misericordia de Dios sea infinita, considera que su pecado es tan enorme que da por hecho la imposibilidad del perdón y en consecuencia gusta la desesperación en su estado más amargo y toma eterna posesión del Infierno que no estaba preparado para él.

Amiga lectora, amigo lector, entendido lo que es Conciencia y Fe podemos discernir hasta donde se dice verdad cuando oímos frases como estas: “No tiene conciencia”, “No tiene fe”. Tales negaciones no son absolutas, es decir, asegurar no tener conciencia o fe no quiere decir que no existan en el acervo espiritual de nuestro yo, más bien quieren expresar que no se ejercen, que están ocultas, aunque en el fondo, se sabe que son tan potencialmente evidentes como las potencias del alma. En el ejercicio de la vida entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo y de nuestro espacio, en este ordinario vivir nuestra vida en la sociedad de nuestro entorno, si fuéramos testigos de esa trascendental despedida que una persona va a consumar porque le ha llegado la hora de su verdad, podríamos comprobar que en este ser humano, del cual se decía no tener Fe ni Conciencia, se ha iniciado una última batalla en la que, precisamente, van a intervenir, su voluntad, su fe y su conciencia. En lo más íntimo del yo del que se dispone a morir, en la soledad, en el sagrado silencio del que solo tiene a su lado la melancolía, surgen con toda su potencialidad la conciencia y la fe. La conciencia, además de ponerle en su presencia todo acto inmoral que celosamente guardó durante toda la vida, ahora le demanda justicia, le demanda el dolor de corazón y el arrepentimiento consecuente. La Fe incita a la voluntad para que asuma que detrás de lo desconocido, que velozmente se aproxima, hay otra vida a ejercer en dos lugares infinitamente incompatibles, el Cielo y el Infierno. Este hombre, esta mujer opta por aquello que elige soberanamente y aquí es donde el estupor y la sorpresa se nos hacen patentes porque vamos a ser testigos de lo siguiente: ¡No elige el cielo! ¿Por qué? Exactamente Dios sabe el por qué. Yo intuyo que esta persona al reflexionar sobre la responsabilidad de su pecado, con el que ha convivido gran parte de su existencia sin dolor de corazón, sin arrepentimiento y sin voluntad de reponer el daño inferido en el prójimo, se reconoce digno de una expiación más o menos dolorosa a padecer durante más o menos tiempo. No es capaz de aceptar que la Misericordia de Dios es infinita y como consecuencia no se perdona a sí mismo, parece como si dedujera que: ...si en toda una vida he sido incapaz de querer arrepentirme, como lo voy a hacer en los breves minutos que me quedan para iniciar la partida. No abandona su espíritu en las manos de Dios previo profundo arrepentimiento de su pecado, se niega, voluntariamente a suplicar el cielo, no se considera digno de verse cara a cara con Dios porque no percibe la contrición, el dolor de corazón previo a un sincero remordimiento de conciencia. No elige el Cielo aunque tampoco elige el Infierno porque por lo menos intuye que el averno es desesperantemente eterno. Esta persona no ha podido evitar la realidad de algo en lo que decía no creer y que ahora, a punto de partir, se le muestra cierto, concreto y verdadero. Le espera el Infierno en el que no creía porque se siente incapaz de reconocer su pecado y suplicar la Misericordia de su Padre que todavía insiste con pertinacia divina y los brazos extendidos hacia el alma soberana de este hijo, de esta hija que se le va, para siempre, de sus manos.

Y… ¿Qué es el Infierno?

La santa de la Misericordia divina, Santa Faustina nos manifiesta lo que ella vió en el Infierno.
Hoy, un Angel me llevó a los precipicios del Infierno.
Es un lugar de grandes torturas. ¡Es impresionante el tamaño y la extensión del sitio! He aquí los tipos de torturas que vi: la pérdida de Dios, el remordimiento de conciencia perpetuo, el saber que esa condición nunca va a cambiar, el fuego que penetra el alma sin destruirla; la permanente oscuridad y un terrible hedor que sofoca, pero, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven y ven toda la malignidad, propia y de los demás; la compañía constante de Satanás; la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras horrendas, las maldiciones y las blasfemias. Lo que he escrito es sólo una sombra pálida de las cosas que vi allí. Pero sí noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son las que se han negado a creer en el Infierno.


Y… ¿Qué es el Cielo?

"El Cielo es la participación en la naturaleza divina, gozar de Dios por toda la eternidad, la última meta del inagotable deseo de felicidad que cada hombre lleva en su corazón. Es la satisfacción de los más profundos anhelos del corazón humano y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, con la Virgen María y con los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es." San Pablo dice del cielo: “Lo que ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2,9)

Al Dios desconocido

La gravedad es la más importante fuerza universal por cuya virtud un cuerpo de mayor masa atrae a otro cuerpo de masa menor, siendo su valor directamente proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa. Es la acción invisible que mantiene cohesionado el cosmos, el firmamento.

Poder cuantificar la magnitud de este fenómeno de la naturaleza, con una fórmula matemática, nos demuestra que esta naturaleza se rige por un orden preestablecido. Un orden que no genera ella misma, sino que le viene impuesto por Alguien y no por algo, que determina el principio y el fin de las causas originarias del tal manifestación física. Deduzco que por el rigor matemático en el que se fundamenta no puede tener su origen en el azar de arbitrarios fenómenos naturales, creo, razonadamente, que ese Alguien, del que he hecho mención anteriormente, es el Autor de semejante y constatable maravilla física que mantiene en ordenado movimiento el universo creado. Para mí este Alguien es Dios.

No puedo ver la gravedad pero yo se que existe por las consecuencias de su invisible concurso en el mundo donde nos movemos y existimos. El aire tampoco se ve, no se de donde viene y ni adonde va y sin embargo, percibo su existencia por sus efectos en las cosas que sí veo, por ejemplo, el mar embravecido, el huracán devastador o el susurro que me llega al oído de unas hojas de árbol que veo moverse.

A la altura de la civilización en la que estamos inmersos, negar la existencia de tales fenómenos físicos porque no los veo es una ignorancia inconsciente o una incoherencia producto de algún desequilibrio mental.

Negar la existencia del alma, del espíritu del hombre, porque no se me hace visible, pues, es todavía más incomprensible en una mente cuerda. Yo estoy seguro que cualquier persona se sabe compuesta por alma y cuerpo, por un cuerpo sensible y un alma oculta a sus sentidos, tan real como el cuerpo que anima.

A primera vista, por su aspecto físico, no distingues entre una persona muerta y esta misma persona dormida. La diferencia es notable, evidentemente, el que duerme es alguien con alma y cuerpo, el muerto es algo con solo cuerpo. El que duerme, en breve, despierta para seguir ejerciendo la vida, el amor, la compasión, la misericordia, el perdón etc.. El cadáver no es persona, en breve se corrompe, se pudre, se hace polvo, desaparece, con el tiempo ni es nadie ni es nada. ¿Verdad que se entiende esto? Claro que sí, entiendo que yo soy por lo que no me veo más que por este rostro, por estos brazos, por estas piernas…por este cuerpo que si veo. Además entiendo que amo y sufro con el yo que no veo. ¿Puedo negarme a mí mismo porque no veo mi espíritu, porque no veo mi alma?

El amor es un acto de la voluntad, no es por definición un sentimiento, es una acción voluntaria que se emprende y se aprende, no es una pasión que se impone contra nuestra voluntad. El amor es, decisión y elección aunque, normalmente, se manifiesta acompañado del sentimiento. Si el amor es un acto de la voluntad y el entendimiento, el amor es patrimonio exclusivo y excluyente del alma. Así pues, si enlazo este razonamiento con la reflexión del párrafo anterior, puedo asumir que el ejercicio del amor se corresponde, exclusivamente, con el yo que no veo, es decir, no es potestad de mi cuerpo sino de mi espíritu y este es inmortal, porque el alma, al contrario de la carne, no puede morir y además tiende hacia la eternidad.

El cuerpo sano es instrumento del alma, por tanto, todos nuestros actos son ejecutados al libre dictado del espíritu y las consecuencias de sus órdenes, al instrumento cuerpo, que son sus actos, transcienden a la muerte del cuerpo y acompañan al alma en su eterna inmortalidad. El amor no muere nunca, permanece más allá del tiempo y del espacio en el que me muevo y existo. El amor no se ve y sin embargo nada es más real y evidente para nuestra inteligencia que cuando se hace presente en nuestro ordinario vivir.

En el apartado 2.01 Bautismo de Jesús, del libro “Autobiografía de Jesucristo” se lee:

Juan me bautizó, y al salir del agua, estando en oración, rasgáronse los cielos y el Espíritu Santo en forma de paloma descendió sobre mí y se oyó la voz de mi Padre que dijo:

“Este es mi Hijo amado, en quien me agradé”

En este pasaje se nos presenta la Divinidad Trinitaria y de primeras me sorprendo con la voz de un Padre que manifiesta su amor, complacencia y agrado en el Hijo de sus entrañas. Lo hace mediante una voz divina y celestial audible para el oído humano. Por lo que se oye descubrimos un Padre que se deleita en el Amor de su Hijo, es pues, un Padre con “sentimientos”, un Padre que es Dios pero que en definitiva no es insensible al pensamiento, la palabra y la obra de todo ser humano que haga referencia a la vida y a la Persona de su Hijo amado, Jesucristo.

Amiga lectora, amigo lector, ahora toca fijarse en este Espíritu Santo que da nombre al encabezado de este artículo: El Dios desconocido. Como hemos visto, el amor humano es un acto de la persona pero no es la persona misma. ¿Qué se entiende por persona? La persona es un ser dotado de voluntad, memoria e inteligencia, capacitado para razonar, recordar, actuar y amar según su libre albedrío, un ser a quien se le ama por sí mismo, como se ama al padre, a la madre, a la mujer, a los hijos, a los abuelos, al amigo a quien se le puede confiar tus deseos y tus miedos, tu alegría y tu padecer y de quien esperas consuelo en tu pena; en definitiva, un ser como tú y como yo, amiga mía, amigo mío, libre, consciente y responsable de sus actos, un ser único e irrepetible tal y como tú y yo somos únicos distintos e irrepetibles.

El Espíritu Santo es una Persona en el sentido que acabamos de exponer en el párrafo anterior, una Persona que procede del Padre y del Hijo al mismo tiempo y que sin embargo se distingue del Uno y del Otro. Es el Amor Personificado, una Persona que no es indiferente a las manifestaciones del afecto que le debo por los bienaventurados dones con los que me asiste en cada instante de mi ordinario vivir en este mundo, un Dios que sin embargo, hasta hoy, no he captado en toda su Verdad, un Dios desconocido.

A Tomás se le concedió el privilegio de ver con sus propios ojos y tocar con sus propias manos lo que demandaba para creer y cuando esto se consumó, desde lo más profundo de su alma le salieron estas palabras: “Señor mío y Dios mío” que se quedaron fijas en el tiempo, unas palabras cuyo eco permanece hasta el final de los siglos. Estas palabras no las generó Tomás por sí mismo, este “Señor mío y Dios mío” viene a ser una sublime realidad de Fe porque el Dios Amor, el mismo Espíritu Santo se puso en el corazón y en la boca de este hombre para hacerle, bajo su inspiración, afirmar la divinidad de Cristo.

Tomás amaba a Jesús, según su capacidad de amar, con un inmenso amor que le vino dado y tú y yo amiga mía, amigo mío, podremos amar a Jesucristo según nuestra disposición y actitud para el amor. Si lo pido, ahora que ya conozco al Espíritu, El se va a llegar a mí para llenarme según el espacio del alma que ponga a su disposición. De este Espíritu estaré lleno con la capacidad de una botella o de un océano, esto depende de mí y de El.

El amor entre los hombres solo es un acto que se manifiesta a través de los sentimientos, pero el Amor con el que el Padre y el Hijo me aman es una Persona que no tiene rostro y sin embargo es un Ser a quien se le puede amar por Sí mismo. Este Ser solo es Espíritu, no le podré decir: “Ven, Amigo del alma, déjate ver a mis ojos de carne, siéntate a mi vera y platiquemos de amor”, sin embargo esta Persona no me cae fuera de la razón, tampoco es producto de un delirio de la imaginación, constato en lo más sagrado de mi conciencia que puedo comunicarme con Alguien que no me es ajeno y que percibo en la realidad de mi propio yo cuando ejerzo el amor sobre Dios y sobre el hombre según la acción de este invisible Yo, que lleva la iniciativa, que está dentro de mí y yo dentro de Él. En definitiva, yo amo en Él, con Él y por Él. Este Ser vivo, al que amo según Él mismo me concede amar, es el Espíritu Santo.

Mi alma es la de un pecador, por mí mismo no puedo generar un acto de amor. Busco, con vehemencia, amar a Cristo y amar lo que El ama, con pasión, que es el hombre y esto solo puede consumarse en la medida que el Espíritu me conceda llenarme de Sí mismo y poder comunicarme con mi Padre Dios con las mismas palabras de Cristo: “Abba…Padre mío”

La Resurrección de Jesucristo

Amiga mía, amigo mío, ha resucitado nuestro Redentor, así como suena, nuestro Valedor ante Dios Padre que ha aceptado la Vida de su Hijo como eterno e infinito tributo con el que se cancela la deuda de toda la humanidad. Jesucristo ha vencido al mundo y a la muerte. Las puertas del cielo se han abierto, la eterna Casa del Padre se dispone a acoger, para siempre, a todo hombre y mujer de buena voluntad, a toda generación posible hasta el fin de los tiempos. Jesucristo nos ha merecido otra vida infinitamente más bienaventurada que la vida del primer hombre y primera mujer en estado de gracia, más dichosa existencia que la que vivieron Adán y Eva en el Paraíso terrenal. Nos disponemos a experimentar la filiación divina, es decir, a tener ciencia y conciencia de que cuando somos llamados hijos de Dios, lo somos con plenitud de significado. Querida hermana, querido hermano, desde ya somos hijos de Dios, y todavía no se mostró qué seremos; se sabe que, cuando se muestre, seremos semejantes a Él, porque le veremos, cara a cara, tal y como es.
Amiga mía, amigo mío, la Resurrección de Jesucristo es nuestra Fe y nuestra Esperanza que nos asegura que nuestro último destino es participar de la misma Naturaleza divina (2Pe, 1,4) de quien nos amó hasta la locura, Jesucristo, mi Señor, mi Dios, el Amado mío en el que justifico toda mi existencia, toda mi felicidad.
“Resucitar” es volver a la vida, así lo define el diccionario, volver a vivir la vida terrena que por alguna causa se perdió. Este “resucitar” lo hemos captado en tres ocasiones en la lectura del Evangelio Concordado. El hijo de la viuda de Naím, la hija de Jairo y el amigo Lázaro, son tres personas resucitadas, que volvieron de la muerte a esta vida terrena por mandato imperativo de Cristo, según el significado de la palabra “resucitar”. Mateo nos indicará que, cuando los judíos le quitaron la vida al Autor de la vida, muchos cuerpos de santos resucitaron cuando el Señor resucitó. Hay otras resurrecciones que no están especificadas en El Evangelio, resurrecciones de las que hace mención el propio Cristo cuando contesta a los enviados de Juan que preguntaban si Él era el Mesías esperado. Este “resucitar” no es definitivo, como ya sabemos, estas personas volverán a morir de tal suerte que en ellas se cumple aquello que justificó el título de un artículo que escribí sobre la muerte y resurrección de Lázaro: “Morir y resucitar dos veces”.
El Programa Concordante nos muestra que, en boca de Cristo lo que hace referencia a la palabra resurrección, resucitar, resucitado…etc.. se emplea 31 veces, 8 en San Mateo, 9 en San Lucas, 9 en San Juan y 5 en San Marcos. Así mismo, en el contexto general de los Cuatro Evangelios este dato se muestra con los siguientes resultados: Se emplea 68 veces, 18 en San Mateo, 17 en San Lucas, 17 en San Juan y 16 en San Marcos.
Cuando unos saduceos interpelan al Hijo de Dios sobre la resurrección de los muertos, en la cual no creían, recibirán una respuesta que les dejará sorprendidos de igual forma que nos deja sorprendidos a nosotros. Con palabras humanas, entendibles a la mente humana, el Verbo de Dios razona a lo divino para que el que quiera creer le crea y en esta Fe tenga vida en el Hijo y para que, a pesar de la luz de eternidad que irradian sus palabras, el que no quiera creer no crea y voluntariamente quede fuera de Él y no tenga ninguna vida, porque fuera del Dios y Hombre verdadero no hay vida posible. Marcos y Lucas nos dejarán constancia de las palabras de Jesucristo:

Mc 12,26-27 Y acerca de los muertos, de que resucitan, ¿no leísteis en el libro de Moisés, en la zarza, cómo le habló Dios diciendo: Yo el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? (Ex.3,6). No es Dios de muertos, sino de vivos. Muy errados andáis.

Lc 20,37-38 Y en cuanto a que resucitan los muertos, también Moisés lo indicó en el pasaje de la zarza, en que llama al Señor el Dios de Abrahán, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob (Ex. 3,6); y no es Dios de muertos, sino de vivos, pues todos viven para Él.


Exsulta de gozo, querida hermana, querido hermano, porque el Padre, en su Hijo y mi Dios, te ha esperado toda una vida, la tuya, la mía…Toma posesión del Reino que fue preparado para ti, para mí, desde antes de que el mundo viniera a ser. Entusiásmate hermana mía, hermano mío porque tu Padre Dios, mi Padre Dios, es un
Padre de hijos vivos y no de hijos muertos.

La Compasión

Mt.27,57-59;Mc.15,42-46;Lc.23,50-53;Jn.19,28-40 Descendimiento de la Cruz (APARTADO 8.17 DEL LIBRO)
El ejercicio de la conmiseración sobre el ser humano que sufre, es patrimonio del alma con independencia de la religión que se practique. En el Video, que se ofrece gratuito, LA COMPASIÓN, presento a una Mujer, a una Madre que agota el sentimiento de compasión de quien la quiera escuchar. En 10 minutos se conmueve el espíritu de cualquier nacido de mujer, se conmueve el Espíritu de Dios. En 10 minutos se llega a las puertas de la eternidad con solo tener un corazón humano.

Me siento urgido a suplicar la atención del hombre y la mujer, ya maduros, que por alguna razón o sin razón han perdido la Fe en el curso del ejercicio de una vida más o menos adversa. Esto que ahora se puede leer no busca los ojos de aquellos que han consumido su existencia en un “ni blanco ni negro”, “ni frío ni caliente”, tratando de pasar desapercibidos a la mirada de los hombres y la mirada de Dios. Busco, con vehemencia, el alma de la amiga o el amigo desconocidos que lloran sin lágrimas la soledad de una íntima pena a la que nadie hacen partícipes porque de nadie han recibido el calor de la comprensión. Busco a la mujer o al hombre cuya alma se frustró por el error de sus propios actos o quizás, por el desamor, el egoísmo y la deslealtad de quien más querían.

En este apartado del Libro se lee:

“Habiéndolo descolgado, tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en una sábana limpia…”

Para llegar a este párrafo hemos tenido que leer la descripción estremecedora de una muerte espeluznante, la horrorosa muerte, de un Hombre clavado en un palo, consumada previa agonía sufrida con exaltación extrema de los sentimientos, es decir, con supremo paroxismo en el dolor que comparten un Hijo que está muriendo muerte de Cruz y una Madre con el alma traspasada en ilimitada desolación y que no pierde detalle en el mirar y en el oír a la Persona de su Hijo que se retuerce colgado en un madero, con quejidos y silencios sobrecogedores de un Hombre próximo a expirar.
En aquellos tiempos, en todos los tiempos, ésta ha sido la muerte más infamante con la que se ejecutaba al reo. La muerte en cruz desacreditaba a todo el que fuera amigo o familiar del ajusticiado, su reputación quedaba marcada para siempre. La Madre de este Crucificado, quizás, pasó desapercibida a los ojos de los verdugos y posiblemente a los ojos de aquellos que, por odio, llevaron al patíbulo al Hijo de sus entrañas, pero esta Mujer, sin perder la compostura, se mantuvo tan cerca de su Hijo como para oír, no solo los chasquidos del martillo que hundía el clavo de hierro en su carne, destrozando el nervio y el tendón de las muñecas y de los pies, sino también oyó cómo su Hijo aseguraba al ladrón crucificado la bienaventuranza eterna en ese mismo día: “En verdad te digo que hoy estarás Conmigo en el Paraíso”. Esta Mujer, de pie y junto a un joven, de nombre Juan, también oyó: “Mujer, he ahí a tu hijo”, unas palabras acompañadas de la última mirada del Autor de la vida a nuestra Madre. Los ojos de Jesucristo se posan por última vez en los ojos de la Virgen María. Después se fijarán en el discípulo amado y con el mismo gesto del que se dispone a morir le dirá: “He ahí a tu Madre”. Estos benditos oídos de la Madre también oyeron las palabras del Hijo de Dios, en supremo abatimiento, dirigidas a su Padre: “¡Eloí, Eloí, ¿Lamá sabaktaní?!" “¡Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me desamparaste?!”. Y por último oyó a su Hijo las siguientes palabras: “Tengo sed”, “Consumado está” y en estentóreo grito: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”.

El Hijo ha muerto y a la luz de la lógica de estos hechos, consumados en espacio y tiempo determinados, a la luz de las misteriosas señales de su mortaja, la Sábana donde fue envuelto su cadáver, entendemos que este Hombre ha fallecido, de sufrimiento y dolor inusitados, como consecuencia de factores traumáticos (flagelación, golpes, coronación de espinas, lesiones en las articulaciones y abundante pérdida de líquido sufrida ya en la agonía de Getsemaní), combinados con factores gravitatorios (elevamiento y fijación en el patíbulo clavado por los pulsos y suspensión prolongada en la Cruz) que desencadenaron una perturbación del aparato cardiocirculatorio (reducción de sangre en cabeza y tórax, aumento de la frecuencia cardiaca, reducción de la presión arterial, perturbación de los centros bulbares cardioreguladores) y una hiperpotasemia que desequilibró el ritmo cardíaco y como desenlace final el ARRESTO CARDÍACO EN DIÁSTOLE, es decir, la irreversible parada cardiaca.

Desde este funesto acontecimiento hasta que el cadáver de este Hijo es descolgado del madero, pasarán más de dos horas, dos horas en las que todavía queda mucho que ver y oír por parte de esta Mujer que mantiene su patética figura al pie del Crucificado con una mirada, de ilimitada pena de Madre, fija en el cuerpo tetanizado de su Hijo cosido a un palo con clavos de hierro ensangrentados y cuya figura se dibuja en el horizonte de un cielo ennegrecido para dar cumplimiento a la profecía de su muerte, una muerte de Cruz. Esta Madre oirá el alarido desgarrador que le sigue al chasquido que produce el contundente golpe con el que quiebran las piernas de los dos ladrones crucificados junto a su Jesús y así precipitar la asfixia y consecuente óbito de estos dos hombres. Observará, con angustia sobreañadida, como el soldado ejecutor de semejante acción se dirige hacia su Hijo y oirá cómo alguien convence al verdugo de que desista de su intención porque el Reo ya está muerto. Verá cómo el soldado, asiendo una lanza la clavará en el costado del Crucificado, una lanzada que llegará hasta el Corazón del Hijo y de la Madre a la misma vez.

Estas dos horas se han hecho eternas, hasta que por fin llegan José de Arimatea y Nicodemo, presentan la autorización, conseguida de Pilatos, al centurión y proceden a descolgar el cuerpo de Jesús que evidenciaba la rigidez cadavérica de quien ha muerto una muerte infame y terrible. El Evangelio no lo relata porque no hace falta. ¿Quién lo duda? María, esta Madre, digna de su último consuelo, recibe en sus brazos el rígido y frío cadáver de su Hijo, un cuerpo empapado de líquido pleural, de sangre, de sudor purulento, de vinagre con mirra y de saliva. Se hace el silencio en el Calvario. El cielo y la tierra, con estremecedor asombro, oyen el susurro de una voz de Mujer que tiene su mejilla pegada a la mejilla helada de su Hijo muerto, una voz de Madre que agota la amargura en un Corazón al que ya no le queda más que padecer…”Hijo de mi alma…Hijo de mi alma….Hijo de mi alma”.

Ya atardece y arrancan de los brazos de María el cuerpo del Hijo que van a embalsamar y enterrar. A dos mil años de esta desconsoladora escena lo que se presenta a nuestra vista, seas creyente o no, es una Mujer viuda, de unos cincuenta y pocos años que sostiene entre sus rodillas y sus brazos el cadáver de su Hijo, un Hombre de unos treinta y tres años que acaba de expirar, en una desolación extrema, clavado en un palo en forma de Cruz, una Cruz erguida sobre la cabeza de esta Madre, un Leño sobre el cual apoya la espalda esta Mujer, un Madero que lleva adheridos en sus astillas jirones de la piel, del cabello y de la carne de Cristo, un Madero empapado de la Sangre de Dios.

Querida lectora, querido lector, he pretendido separar los sentimientos de la razón con la que he reflexionado sobre el dolor sordo y sobrecogedor de esta Madre. Esto ha pasado tal y como lo hemos interpretado, así lo creo y así pretendo que lo creas tú. Me he esforzado por sujetar el sentimiento pero debo confesar que me ha sido imposible y por una profunda congoja, sobre la mesa de mi despacho han caído dos gruesas lágrimas que me han recorrido las mejillas, las lágrimas de este amigo que está interpelando a tu conciencia.

Si has llegado hasta aquí, amiga mía, amigo mío, de seguro que se habrá generado en tu alma la compasión hacia esta Madre, con un deseo inmarcesible de hacerle llegar el calor de tu silenciosa compañía porque no te salen las palabras. En clave sobrenatural, ahora, es el mismo Dios quien va a intervenir y como todo le es posible, hará realidad lo que es un deseo de tu alma, percibirás como tu afecto, tu cariño y tu ternura se hacen operativos más allá del tiempo, se consumará una verdad cierta y evidente en el ayer de esta Mujer a la que tú pretendes acompañar desandando los dos mil años que te separan de su contacto físico.

Está oscureciendo, es víspera del reposo sabático y María, la Madre, lleva su mano entrelazada con la mano de Juan, del amado de su Hijo, un joven que ha tomado posesión de la herencia del Crucificado, que ha tomado posesión de su Madre, que ya es la Madre de su alma. Ambos caminan despacio, callados, solo se oye el sonido de sus pisadas sobre el empedrado de las calles de Jerusalén. Juan va absorto en sus pensamientos, “….la Madre del Hijo de Dios es mi Madre…”, “…la Madre del Maestro es la Madre mía…”. Todo se ha cumplido, piensa la Virgen María, “así tenía que suceder porque así estaba escrito”. Por poquito tiempo le han separado del Amor pero le quedan la Fe y la Esperanza que le traen a la memoria aquellas palabras de su Jesús: “Madre mía, al tercer día resucito”.

La noche se ha cerrado, la temperatura ha descendido, Juan pone su brazo en el hombro de su Madre, es 14 de Nisán, entre nubes grises y negras asoma la luna llena que dibuja las figuras de Juan y de la Virgen María sobre la calzada. Me he frotado los ojos para ver mejor y me sorprendo porque veo tres sombras que se mueven al paso de la Madre y del hijo, ¿quién va con María y Juan?...¡eres tú, querida amiga!, ¡eres tú, querido amigo!, ¡soy yo! que al terminar de leer este relato nos hemos convertido en solo COMPASIÓN.

La viuda de Naím

Lc. 7,11-17 La viuda de Naím (APARTADO 4.09 DEL LIBRO)

Dice San Lucas que al día siguiente de cuando Jesús, estando en Cafarnaúm, cura a distancia al siervo del centurión, partió hacia la ciudad de Naím. En ese tiempo, Naím no era una aldea, un pueblo, era una ciudad con importante población, pues así se deduce del texto evangélico que expone como una viuda llevaba a enterrar a su hijo único, acompañada de mucha gente.
Jesús, a distancia, divisa la figura de una madre que acompaña el féretro de su hijo único, un joven difunto que van a enterrar. Nadie le ha informado, El sabe lo que ha ocurrido y decide llegarse hasta el cortejo fúnebre y cuando ya está cerca oye el lamento infinito de una madre sin consuelo, una madre que ha perdido a su único hijo.
San Lucas es el único que nos da referencia de este acontecimiento y así mismo será quien nos manifieste los sentimientos de ternura y compasión de este Hijo del hombre, de este Hombre al cual se le enternece el Corazón, un sentimiento humano que nos lo hace cercano, tanto como para enamorarnos profundamente de Él, de este Hijo de Mujer que pasó por el mundo haciendo el bien.
Amiga lectora, amigo lector, antes de seguir con el relato que nos ocupa, creo que sería bueno reflexionar sobre la causa de la amargura de esta madre viuda, sobre la muerte de su marido y de su hijo. Dios quiso para esta mujer que esto de morir lo conociera de cerca. Vió expirar a su marido, al padre de su hijo único y vió expirar al hijo de ambos, a este joven en cuyo rostro se dibujaban las facciones del hombre de su vida, del esposo con el que compartió vida, alma, cuerpo y corazón.
Como haciendo un paréntesis, expongo a continuación, párrafos de un articulo sobre la definición de muerte que he encontrado en la red.

¿Qué es morir?

La muerte es lo contrario a la vida, es la concreta evidencia del contraste entre el movimiento y la quietud permanente, entre la actividad vital de un ser humano y la desagradable presencia de un cadáver cuya temperatura se enfría progresivamente y del que ya no podemos obtener respuestas, sensaciones o impulsos fisiológicos. En resumen se ha perdido la comunicación por completo, es decir, se asume, desde que el hombre es hombre, que esta persona se ha ido para no volver jamás, porque la experiencia nos asegura que lo que estamos viendo es “algo” y no “alguien”, “algo” que se corrompe por momentos y termina siendo nada o a lo sumo polvo en el polvo.
Desde el punto de vista médico, ético y legal solamente se aplica el principio de muerte como estado contrario a la vida, esto es, pérdida de la fuerza sustancial que incluye la desaparición de la actividad interna de crecimiento y desarrollo, así como la ausencia de la actividad externa que permite interrelacionarse con el medio externo. Todo con los consecuentes efectos de pérdida de independencia, de capacidad de adaptación, de reproducción, finalizando así su lapso de existencia de autonomía y autopreservación temporoespacial.

La muerte viene precedida por la agonía, que es como un sinónimo de combate, de lucha, aunque no implique necesariamente la posibilidad de victoria. Es simplemente la última etapa de un ser humano antes de morir. Puede ser larga, corta o fulminante en función de su medida en el tiempo, pero en la escala subjetiva del sufrimiento puede ser asumida con la serenidad de quien se dispone a cruzar el umbral de una invisible puerta que se abre a la otra vida en la que siempre ha creído y para la cual se ha preparado durante toda su existencia. Hasta que su razón no le abandona tiene conciencia de que se marcha de este mundo con sus obras y con su Fe, esta Fe que le asegura que va al encuentro de un Padre, de un Dios que es Dios de vivos y no de muertos. Por el contrario, el inevitable sufrimiento de la agonía se presenta como última etapa de la desesperanza de aquel que no cree. Para esta persona, sin Fe, todo se ha acabado, se dispone a entrar en la infinitud de la nada, se va solo a lo desconocido y digo que cruza en solitario el umbral de la invisible puerta, anteriormente mencionada, porque no quiere que le acompañen sus obras, esas mismas que le asaltan a la conciencia que ahora la vive más despierta que nunca.
Dios es imprevisible e inescrutable pero sus designios son de infinita misericordia. Se lleva al alma de toda mujer y todo hombre, justo en la hora oportuna, ni antes ni después de cuando más gracia le asiste en el desenlace final de su vida.
La muerte de un marido o de una esposa es perder el apoyo básico, del compañero o compañera de la vida, en las fatigas y en las ilusiones del vivir común de la existencia. Sin esa carne de tu carne, el sufrimiento merma la facultad de superar los posibles desequilibrios físicos y psíquicos que en definitiva acortan la vida del que queda. Sin embargo cuando hay hijos que todavía dependen de ti, aunque el dolor y el recuerdo te anuden el corazón, no tienes más remedio que gastar la parte de vida que te resta en la asistencia y cuidado de este patrimonio común del que se fue y de la que se quedó.
Amiga lectora, ahora es a ti a quien le demando atención. Damos por hecho que esta mujer de Naím, viuda, conoció este doloroso trance, padeció la muerte de su marido. A la vista está, también, la muerte de su único hijo. Ahora, para tratar de llegar al fondo de su inmensa pena debemos saber que:

La muerte de un hijo o una hija, de un amor infinito, es una de las experiencias más duras, difíciles y dolorosas que puede sufrir un ser humano.

Nada más elocuente para entender a esta viuda del Evangelio que poner los ojos en la honda reflexión que hace una madre de hoy ante la muerte de un hijo de cinco añitos, una madre de ayer, de mañana, de siempre:

”Empezar estas líneas ha tocado fibras profundas dentro de mí... cada instante que me disponía a escribir, veía como mi pecho palpitaba aceleradamente y mi respiración se acortaba. Finalmente, sentada frente a mi ventana, observando la profundidad del mar y la oscuridad de la madrugada, tomé la pluma y me dispuse a escribir... palabras inspiradas por el espíritu, transparentes y humildes.
Sumergida en la tristeza en donde puedo ver, sentir y oler el dolor de no tener a mi hijo a mi lado, me mueve el deseo de comunicar mis sentimientos, reacciones, reflexiones y creencias, inspirada por el valor de irradiar esperanza a aquellas familias que en este momento están padeciendo la desgarradora experiencia de perder un hijo. Ojalá este rayito de luz ilumine a aquellos hogares que tienen la fortuna de no sentir este vacío, tomando conciencia de nuestra vulnerabilidad como seres humanos para así poder enfrentar el sufrimiento o la muerte de los demás.
¡Cuántas veces hemos deseado fervorosamente una vida feliz, sin dificultades, sin sufrimientos! Sin embargo, esa existencia es meramente utópica e inhumana.
Lamentablemente, nuestro existir está condicionado por la dificultad y por alguna forma de sufrimiento. Se necesita valor para enfrentar el dolor que causa la muerte de un hijo, se necesita el apoyo, hasta del que no nos conoce, con su oración. Se necesita coraje para arrancar el miedo, un miedo que invade, que paraliza, una tristeza que nos envuelve e inestabiliza, unas culpas que se entierran como agujas por todo el cuerpo noche y día, añorando cada amanecer de un nuevo día tener a ese hijo adorado con nosotros.
Mi hijito murió cuando tenía solo 5 años y medio... Esa noche llena de nubes oscuras, con llovizna, mil preguntas llegaban a mi mente... ¿Sufrió antes de morir? ¿Se asustó? ¿Cómo enfrentar la vida sin él? ¿Por qué a mi hijo le tocó esto? ¿Qué mal he hecho yo para merecer esta desgracia? ¿Qué voy a hacer sin mi hijito? Estas fueron, una y otra vez, las preguntas e imágenes que me torturaban, rodeada de muchos seres queridos que deseaban aliviar mi dolor. Doy gracias a esos abrazos, rezos, llamadas de preocupación y largas horas escuchándome, que me permitieron sobrevivir esa primera etapa.
Enterrar mi hijo... despedirme, preguntarle a Dios dónde estaba mi pequeño: "¿Esa vida eterna realmente existe?" "Si eres tan bueno: ¿Por qué te lo llevaste?.." "Permítele a la Virgen tenerlo en sus brazos". Mi corazón se me desgarraba, no podía llorar, sentía que el dolor encarnado en mis entrañas no iba a salir. Sentía que no iba a poder vivir. Quise estar a su lado, sentí que había fracasado como madre, cuestioné la existencia misma de la vida, se desmoronaban mis cimientos, mis valores, mis creencias. Mi familia, sin mi hijo, no era familia. Hablar de él constantemente y ver algunas de sus fotos me confortaba.
El camino del duelo está lleno de miedos, culpas, resentimientos, impotencia, pasividad y vacío. Son sentimientos que aterrorizan, que juzgamos en nosotros mismos, dolorosos de enfrentar y, a veces, irreales, provocados por nuestras fantasías. ¡Si tan sólo pudiésemos entender, desde niños, nuestra propia vulnerabilidad, nuestras limitantes, nuestros errores, pudiésemos acariciarnos con mucha más benevolencia, misericordia y paciencia! Con frecuencia los sentimientos de culpa que nos agobian son reales, en cuyo caso es saludable enfrentarlos, razonarlos y perdonarnos. Este acto de humildad nos permitirá enseñar a nuestros hijos a enfrentar la adversidad y situaciones dolorosas.
Independientemente de cuál sea nuestro credo religioso, todos tenemos una dimensión espiritual que no podemos soslayar y que nos viene de un Ser Supremo, de un Padre que no te abandona. Cuando perdemos un ser querido, algunos nos aferramos más a Dios que otros. Sentada largas horas donde está el Santísimo, cuestionando del por qué... Muchas noches, cuando me disponía a cerrar mis ventanas, miraba al cielo, un cielo estrellado y preguntaba: "Dios mío, ¿cuál de esas estrellitas representa mi hijo...?”
A través de mis oraciones, he encontrado la paz, amor y esperanza, y me siento unida, a través del dolor, con aquellas familias que sufren por la perdida de un ser querido. Esta es la manifestación de Dios en mi vida”.


Ahora, amiga mía, toca volver a la ciudad de Naím. Jesucristo, enternecido, se llega a la mujer y le dice:“No llores”. Por la mente de Cristo, quizás, se dibuja la figura de su Madre, otra viuda con un único Hijo, que beberá la amargura y el horror de una muerte cruenta e infame, la muerte en Cruz de su Jesús. Se detiene el cortejo, el gentío enmudece a la vista de un Hombre joven, de impresionante figura, que pone su mano sobre el féretro, se detiene la comitiva y en un súbito silencio se oyen las palabras de Cristo:

“¡Muchacho, te lo digo, levántate!”

El muchacho se incorporó y comenzó a hablar y Cristo, cogiendo la mano del hijo y de la madre, se fundió en un abrazo con ellos y aunque el Evangelio no lo diga yo supongo que la emoción en el Corazón de Jesús sería incontenible y quizás alguna preciosa lágrima se escapó de sus divinos ojos. La gente quedó atemorizada y confundida, una frase quedó inmortalizada, una frase cuyo eco se oye en todo el universo que se ve y el que no se ve, que se oirá hasta el final de los tiempos:
¡Dios ha visitado a su pueblo!

2006-09-30

¡He perdido a mi Hijo!

Lc.2,40-52 El Niño perdido. Vida oculta (APARTADO 1.11 DEL LIBRO)

San Lucas toma nota, al dictado, de la única persona que podía conocer este acontecimiento. Le informa, directamente, la Mujer que lo ha vivido y lo ha sufrido. Con todo detalle y en pocas palabras, la Virgen María relata al evangelista aquello que, desde años, guardaba en su precioso Corazón.
Amiga lectora, ¿Has perdido alguna vez a una hija o a un hijo pequeño? ¿Podrías explicar lo que sintió tu corazón de madre? ¿Te imaginas lo que padeció esta Madre durante tres días?
Con la boca seca, el rostro con el color de la cera y la sangre helada en las venas, esta Madre busca a su Hijo con angustia en el alma y con preguntas a los demás y a sí misma sin respuesta. ¿Dónde está mi Hijo? Un día es largo para buscar al Hijo perdido, pero una noche, a solas con tu imaginación, es una eternidad insufrible. ¿Por qué, Padre mío, tuvo que pasar esto a la Madre mía?
Por fin, el nudo se suelta y quien medita este pasaje se complace en el encuentro de esta hermosa Madre con este hermoso Hijo. Yo que soy marido y padre, ahora, que el Niño y la Madre se abrazan, pongo la mirada en la figura de José y contemplo los brazos de un hombre noble que estrecha sobre sí, en un solo abrazo, al Amor y a su Madre.

”Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, andábamos buscándote”.

Observe, quien lea, que la iniciativa es de la Madre, pero con la inteligencia singular, de una Mujer singular, deja constancia al Niño del sufrimiento común de una Madre por antonomasia y de un padre no progenitor pero no por ello menos padre sufriente que el mejor padre natural que pueda existir. María y José, conocen la Paternidad de este Niño y ahora él mismo se lo va a ratificar:

"¿Pues por qué me buscabais? ¿No sabíais que había Yo de estar en casa de mi Padre?"

Si su Madre le estaba haciendo referencia de José como su padre ¿a qué Padre suyo se refiere el Niño? No cabe duda, amiga lectora o lector, que tú ya has entendido de que estamos contemplando al Hijo de Dios interpelando a nuestra inteligencia, a nuestra razón, a nuestra Fe. El Dios en quien me muevo y existo ya comienza a mostrárseme meridiano como la luz del sol que me da vida, empieza a mostrárseme ¡como un Niño!

El parto de una Mujer singular, de la Madre de Dios

Mt.1,18-25 Nacimiento de Jesucristo (APARTADO 1.05 DEL LIBRO)

Un edicto del César, que obliga a empadronarse en la ciudad donde se ha nacido, parece ser la causa de un viaje de María y José hacia Belén, un pueblo de la Judea distante a unos 120 Km. de Nazaret, sin embargo, yo creo, que la razón de este viaje es contribuir, con conciencia de lo que se hace, al cumplimiento de una profecía: que el Mesías nacería de la ciudad de David que se llama Belén.
María conoce esta afirmación de la Escritura, sabe muy bien que lleva en sus entrañas al Mesías, al Hijo de Dios, esperado y soñado por el pueblo judío. También sabe que ha de nacer en Belén de Judá y sin duda, toma la iniciativa, compartida con su marido, del viaje y de su oportuno comienzo, justo cuando interpreta que, aproximadamente, al terminarlo, se le cumplirían los días del parto en la ciudad de Belén. Para este viaje, María, analiza su situación, en función de su estado de gestación y su modesta economía, para estar en esta ciudad hospedada el menor tiempo posible y de paso dar cumplimiento al edicto del César. Pero el Divino Niño que llevaba en su bendito seno dispuso venir a este mundo un poquito antes de lo que su Madre esperaba.
Se puede pensar que, seguramente, algún familiar tendría María en Belén, sin embargo, de principio, su voluntad es la de hospedarse en alguna posada y esperar el divino alumbramiento de su Hijo, pero, por lo que el Evangelio expresa, no encontró alojamiento ni el ambiente que se acomodara a sus pretensiones. Entre tanto, su naturaleza de Mujer respondía con las contracciones previas a un parto que de momento daba la cara. La noche ya estaba entrada, la situación se hace insostenible y no queda más remedio que llamar a la puerta del pariente más cercano y por lo que está a la vista hay que actuar de inmediato, la hora es inoportuna, no da tiempo a desalojar el aposento más adecuado para este acontecimiento. El Niño está a punto de llegar y la Madre ya no resiste más. Azarosamente se prepara lugar junto a la casa hasta donde se ha podido llegar, ¡es un pesebre!, ¿pero qué se puede hacer..?, ya no hay tiempo. Sobre un lecho de paja tienden a la joven esposa que finalmente, en una última contracción, da a luz al Autor de la vida, a un Niño que viene a nacer en las recias y benditas manos de José, el marido bueno que, trasmudado, toma al Niño y lo entrega a su Madre que, según el Evangelio, lo envuelve Ella misma en pañales después de lavarlo y ser atendida debidamente por otras mujeres de las que solo Dios conoce su nombre.
El Evangelio no matiza, paso a paso, como fue el parto, pero yo me pregunto: ¿de qué otra forma pudo suceder? Sin esta precipitación, así he visto nacer a mis cinco hijos y a mis seis nietos, de una manera natural. Otras muy buenas especulaciones, son producto de nobles y piadosas imaginaciones que no se ajustan a la realidad.
María conoce su destino y el lugar donde debe nacer su Hijo, el Hijo de Dios. María consuma la voluntad de Dios y ejerciendo libremente, al dictado de su razón, escoge el momento oportuno para viajar a Belén sin saber, quizás, que su Niño nacería en un pesebre en virtud de una situación que Ella no esperaba. Así, pues, pudiera confirmarse que la causa, de este parto virginal, por la que Jesús nace en Belén se debe a su Madre y por la que nace en un pesebre al edicto de César Augusto que propició no haber lugar en la posada.

El Amor interminable

Lc.10,38-42 En Betania: Marta y María (APARTADO 5.33 DEL LIBRO)

Solo por San Lucas, el evangelista de la mujer, conocemos la personalidad de dos hermanas, Marta y María, dos mujeres que buscan el aprecio de Cristo según su peculiar forma de ser. Marta es la dueña de la hospedería donde habitualmente se llegaba el Maestro con sus más íntimos discípulos. Marta es la mujer activa que ocupa todas sus horas, y le faltan, en el ejercicio de su tarea. Mantiene una amistad de tal confianza con Jesucristo que solo ella, con la Virgen María, es capaz de insinuarle al Hijo de Dios qué es lo que debe hacer. Es una mujer respetuosamente autoritaria, pero con un corazón inefable que pretende servir a su Señor con todos los medios a su alcance. La Iglesia necesita, sin duda, mujeres con este espíritu de servicio.

Todos los hechos relatados en el Evangelio son hechos consumados en el tiempo y en lugares que todavía existen. Si me introdujera en la vena del tiempo y pudiera desandarlo para encontrarme físicamente con las mujeres y los hombres que intervienen en este Sagrado Drama, quizás me sorprendería con la evidencia de que, la Pecadora que unge los pies de Jesús en casa de Simón el fariseo, la mujer que porque amó mucho se le perdonó mucho, la María Magdalena que se abraza a los pies del Crucificado y del Resucitado y esta María de Betania que ahora está a los pies de su Señor sin perderse palabra, son la misma persona. Si esto es así, estamos contemplando a una singular mujer que amó a Jesucristo hasta la adoración. En dos mil años de historia cristiana, posiblemente, no encontremos un corazón de mujer más rendido y enamorado de Cristo que este sublime corazón de la María de Betania, posiblemente, la Magdalena.

De Marta, hasta me puedo suponer que fuera, antes o después, mujer casada, pero de María de Betania solo puedo entender que es mujer reservada para solo un único amor, el amor de Cristo que es el amor de Dios. Esta mujer, que me ve y me oye, rindió su alma hasta la inmolación espiritual de sí misma por infinito amor al Hijo de Dios, al Hijo del hombre. Más adelante, cuando se acerca ya la Pasión de Cristo, María nos dejará una impresionante muestra de su amor. Derramará un frasco de perfume, de elevadísimo precio, sobre la cabeza y los pies de Jesús como expresión del más bello amor de mujer que jamás haya amado a Jesucristo. Un acto que por designio divino quedó inmortalizado en el tiempo.

Un hombre, por muy noble que sea su alma, no genera en el corazón de una mujer el supremo amor con el que María adoraba a su divino Amado. Cuando de sus manos se vertía el perfume sobre los cabellos y los pies de su Señor, de sus labios, en silencio, salían dos palabras que solo por Dios eran oídas: ”Amado mío”. Así es, amiga lectora, amigo lector, un “Amado mío” que al pronunciarlo, sin que oído humano pueda captarlo, se exhala el alma para convertirse en solo estas dos palabras con la que el yo de quien las expresa se vacía de si mismo para llenarse de Quien adoras en un acto de supremo abandono. Tal amor a Jesucristo es un Don que viene de lo alto, para unos pocos escogidos, hijas e hijos de Dios, un Don que no distingue entre mujer y varón.

Las lágrimas del amor

Lc.7,36-50 Una mujer unge los pies a Jesús (APARTADO 4.11 DEL LIBRO)

Con cierto sobresalto nos metemos de lleno en un acto dramático que solo relata San Lucas. Un fariseo rogaba a Jesús que viniera a su casa a comer con él. El Evangelio nos indica que el nombre del fariseo es Simón, sin embargo no dice el nombre del lugar donde suceden estos hechos, ni tampoco nos da el nombre de la mujer, solo nos informa de que tal mujer era conocida en la ciudad por su conducta pecadora.
De la lectura de este pasaje no se puede deducir la dimensión del pecado de esta mujer, pero si se puede reflexionar sobre la impresionante grandeza de su corazón. La decisión de llegarse a la casa de este tal Simón para ungir a su Invitado, evidencia un conocimiento previo de Jesucristo. Antes lo había escuchado, lo vio de lejos o de cerca, en su pobre corazón tenía grabada la figura impresionante del Taumaturgo, del Maestro. Cristo pasaba por su ciudad, era una oportunidad que no podía dejar escapar, y esta mujer se decide a dar el paso más importante de su vida. Toma un botecillo de alabastro con preciado perfume y fulminando los respetos humanos se presenta en la sala donde están solo hombres recostados sobre el diván que rodea el centro de la mesa. Se hace el silencio, se tensa la situación y esta mujer se llega hasta el lugar que ocupa el Invitado, con una entereza que para sí quisieran los fariseos que la escrutan, pero al cruzar su mirada con la bellísima mirada de Cristo, siente como sus piernas le flaquean y postrándose a los pies de su Señor, vierte sobre ellos ríos de lágrimas de noble mujer, de mujer arrepentida de un pasado cercano. Sin pronunciar una sola palabra demanda perdón al Corazón del Hombre Dios y para ello, sin levantar cabeza, esta hija de Dios, emplea sus labios, sus cabellos, sus manos y sus lágrimas para consumar un acto de amor supremo e irrepetible.
En el Evangelio, con tal dramatismo, ya no se verá una muestra de amor a Cristo tan grande. Veremos a la María de Betania, la hermana de Lázaro, hacer lo mismo que esta mujer pero, en este caso, sin derramamiento de lágrimas.
No hay en el Evangelio un acto tan expresivo, no hay manifestación tan contundente de tan sublime amor, un amor que solo se da en corazón de mujer. No comprendería que esta mujer desapareciera de la vida de Cristo solo porque no conozco su nombre. En el próximo apartado, también solo San Lucas, me mostrará el nombre de una mujer de la que salieron siete demonios, expresión ésta muy de la época para indicar la vida más o menos atrevida de una joven. El nombre es María Magdalena. Esta María Magdalena, como así mismo la María de Betania, de cara al final de los días de Jesucristo en este mundo, me harán recordar la actitud de la mujer que nos acaba de ganar el alma. Amiga lectora, amigo lector, no puedo evitar manifestarte que estoy profundamente convencido de que actos de amor de esta naturaleza solo se pueden dar en el corazón de una mujer, y digo de una mujer porque difícilmente se puede dar en un hombre, y digo de una mujer, expresándome en singular, porque me es imposible entender que esta mujer, María de Betania y María Magdalena no sean la misma persona.

Una mujer con 6 maridos

Jn.4-26 Jesús y la Samaritana (APARTADO 3.04 DEL LIBRO)

Solo Juan nos presenta a esta mujer de Samaria. Una mujer experta en el trato con los hombres, una mujer que ha convivido, en intimidad, con seis diferentes maridos. Jesús, agotado del camino, se sienta en el brocal del pozo y a distancia clava sus ojos divinos en una mujer que ya conoce desde siempre. La mujer se llega, recelosa, hasta la polea del pozo en la que enganchará su pozal. Con el rabillo del ojo observa la figura de un Hombre cansado pero con un porte impresionante, un judío bien vestido que de momento la sobresalta con estas palabras: “Dame de beber”.
Posiblemente ya no se encuentre en el Evangelio otra ocasión en la que Cristo pida algo de manera directa como ahora vemos que lo hace con esta Samaritana. Dios mismo viene a sincerarse con esta mujer a la cual habla de “agua viva”, de “vida eterna”, de “la salud que viene de los judíos”, de “espíritu y verdad”, de “Espíritu es Dios", de “adorar en espíritu y verdad”.
El Señor, no ha hecho distinción de personas. A Nicodemo, un ilustre fariseo del Sanhedrín, le ha hablado con semejantes palabras. A esta mujer, no le baja el rango de su discurso y además le confirma algo que no oyó Nicodemo. “Yo soy el Mesías, el mismo que habla contigo, mujer”.
No cabe duda que los juicios de valor que hacemos los hombres no se corresponden con los de Dios y por tanto nos equivocamos, pero sobre todo, cuando los juicios los hacemos los varones sobre las mujeres, entonces, la arbitrariedad es tan manifiesta, que pisamos en el terreno de la infamia. Si Dios interpela a esta inteligencia femenina con una conversación de altos vuelos, tal y como lo hemos observado con Nicodemo, es que esta mujer dispone de una capacidad de comprensión, posiblemente, igual o superior a la de Nicodemo y además tiene menos prejuicios para aceptar una singular afirmación: “El Mesías soy Yo, el mismo que habla contigo”.
La Samaritana, lo entendió y lo creyó y así lo hizo creer a sus conciudadanos, pues muchos creyeron por su testimonio, tanto como para que en Samaria se oyeran estas palabras: “…Sabemos que Este es verdaderamente el Salvador del mundo”. Salvador del mundo, así será reconocido únicamente por aquellos que no son judíos, una expresión que ya no se volverá a repetir en Los Evangelios. No obstante si busco en El Programa Concordante la palabra “Salvador”, la encontraré tres veces. Una en el Magnificat de la Virgen María, otra en el anuncio del ángel a los pastores de Belén y por último esta de los samaritanos.

Pedro, la Roca, fue un hombre casado

Mt.8,14-15; Mc.1,29-31; Lc.4,38-39 Sana Jesús a la suegra de Pedro (APARTADO 3.07 DEL LIBRO)

Está acabando el año 1º de predicación pública y de otra mujer nos hace referencia el Evangelio, la suegra de Pedro. ¿La suegra de Pedro?, pues sí, resulta que la Roca donde se fundamenta la Iglesia era un hombre casado. Cuantos libros escritos sobre Los Evangelios en dos mil años de historia y qué poquito se ha escrito sobre esta verdad incuestionable: Pedro era un hombre casado.
Amiga lectora, amigo lector, de la mano del sentido común me dispongo a razonar sobre este asunto que hasta ahora no he visto tratado en profundidad, se ha pasado por él como de “puntillas” dejando una laguna importante que no se merece el creyente. El Evangelio es la Palabra de Dios y Dios nos ha dejado este detalle para que se entienda y se asuma con toda naturalidad.
De la suegra de Pedro escriben los Sinópticos manifestando que estaba o vivía en la casa de un matrimonio, en la casa de su hija y de su yerno. Esto se entiende ¿verdad? Ahora bien, los Evangelistas no mencionan a la hija de esta mujer, la esposa de Pedro, y uno se puede preguntar: ¿Acaso Pedro era viudo? Y si es así ¿qué hace su suegra viviendo con él? Resolver esta duda con una afirmación de su viudez en aras de no “complicarnos la vida” es, a mi juicio, salirse por la tangente, forzando desmesuradamente la objetiva interpretación del texto evangélico.
Siendo a todas luces improbable, que en caso de viudez, una suegra viva bajo el mismo techo que su yerno, posiblemente sin hijos, debo entender en consecuencia y con toda sencillez, que Pedro tenía una familia en Cafarnaúm y que seguro, en este tiempo evangélico, era hombre casado, que habitaba con su mujer y su suegra bajo un mismo techo, e interpretando desde la lógica de lo que convenía, puede ser que Pedro no tuviera hijos.

Ahora toca reflexionar, y en este intento me vuelve a interpelar la figura de otro hombre casado, de José de Nazaret, un marido que el Espíritu del Padre y del Hijo se escoge desde la eternidad para ejercer como tal sobre la que sería la Inmaculada Concepción, la Virgen María. Este hombre, casado con esta Preciosa Mujer, es escogido por el Padre del Hijo para ser el “padre” del Hijo y en virtud de ser, primero, digno marido de una singular Mujer. La Virgen no concibió primero y después se casó, sino al contrario, se casó y concibió del Espíritu Santo después. Concibió sin concurso de varón y sin embargo tenía marido. A la vista de sus conciudadanos Jesús era el Hijo de José, pero nosotros ya sabemos que Jesús era el Hijo de Dios, el Hijo de José en tanto y cuanto José era el marido de María. Para esta singular tarea, la de ser “padre” de una Familia, Dios Padre se escoge a un hombre casado.

El Espíritu del Padre y del Hijo vuelve a actuar para consumar otra elección trascendental, se escoge a otro hombre casado, un tal Simón, hijo de Juan, pescador de Galilea al que Jesús, el Hijo de Dios, lo constituye como la Piedra, la Roca donde se fundamentará la Iglesia. Pedro, conocedor de su oficio de pescador, al poco de tratar a Jesús, es requerido por Este para lanzar de nuevo las redes justo en la hora que de seguro, según su experiencia, no cogerá ni un solo pez. En la noche, en periodo oportuno, se bregó y bregó y no se cogió un solo pescado. Ahora de día ¿qué se va a pescar? La Persona de Jesús, el porte de este Hombre subyuga el corazón de un experto pescador, recio y noble como es Pedro. Cristo le atrae pero mantiene un distante respeto hacia su Persona en virtud del conocimiento que tiene de sí mismo, de su condición de hombre de este mundo, como cualquier otro hombre casado que ejerce su profesión en medio de una sociedad materialista. Por este respetuoso afecto atiende a la petición de este distinguido Joven que le sugiere echar las redes para pescar cuando no hay peces que pescar. Las redes penetran en el agua y al poco se llenan hasta rebosar de abundantes peces, tantos que las barcas se hundían.
Pedro, pegado a este Hombre, se contempla sumamente indigno de su cercanía. Este noble pescador, percibe, hasta donde su capacidad espiritual le permite, algo de la divinidad de Jesús. Por la cabeza de Pedro, Dios sabe lo que pasaría, pero con lo que se queda, este hombre casado, es con la sensación de indignidad que tiene de sí mismo para merecer la amistad de semejante Persona. Confuso, desconcertado, lo que le sale de primeras es postrarse a los pies de Jesús y ponerle en conocimiento de su miseria:

“Señor, apártate de mí que soy un hombre pecador”

Yo, que también soy hombre casado, que ejerzo mi oficio en las tareas de la técnica, vivo como Pedro según la gestión de mi autónomo trabajo. Si trabajo más, gano más, si trabajo menos, gano menos y si no tengo clientes a los que servir paso dificultades. ¿Por qué? porque soy un hombre casado, con las obligaciones del hombre que ha de mantener la casa, la familia. Entiendo, perfectamente a Pedro y me identifico con él, ambos somos casados. El está en el cielo y su mujer, también. Aquí en la tierra los dos fueron una sola carne, en el cielo son dos espíritus a la espera de unirse cada cual con su cuerpo resucitado al final del tiempo y con la gloria proporcionada a la correpondencia de la gracia que recibieron en vida.
Dios, el Hijo de Dios, se hizo Hombre y al comenzar su vida pública se escoge a un hombre normal, a un hombre casado para ser, ni más ni menos, que el fundamento de la Iglesia. Pudo elegir a un fornido gladiador romano y no lo eligió, a un gran filósofo e intelectual de la época y no lo eligió, pudo elegir a Juan el Bautista, “el profeta más grande nacido de mujer” y no lo eligió, pudo elegir al joven, sin compromiso conyugal, Juan, hijo de Zebedeo, al que tanto amó y no lo eligió. Sorprendentemente eligió, simple y llanamente, a un pescador de la Galilea, ciudad de gentiles, ciudad de gentes, diríamos, no muy creyentes, un hombre normal, del mundo normal que vivimos los hombres normales, un hombre casado, así como suena, uno más de los maridos que ejercemos como tales en curso de nuestro pasar por este mundo.
Jesucristo, como Dios, amó a Juan y a Pedro con infinito amor, sin medida, un amor que cae fuera del alcance de nuestra razón humana. Como Hombre, amó a Juan y a Pedro con inmensa pasión pero de diferente manera. El amor de Cristo hacia Juan culmina con las palabras testamentarias que pronuncia antes de expirar con muerte de Cruz: “He ahí a tu Madre”. Así entrega Cristo a su Madre al cuidado del discípulo que más amó, un hombre no casado que desde entonces solo vivió, con alma vida y corazón, al servicio y cuidado de tan Preciosa Madre, de esta Madre tuya y mía, amiga lectora, amigo lector. Juan ejerció el divino mandato, de manera exclusiva y excluyente, entregando su alma y su cuerpo, todas sus facultades a tan sagrada y sublime causa de ser hijo que cuidara de esta bendita y divina Madre, de su Madre y Madre mía, la Virgen María.
El amor de Cristo a Pedro es el de un amigo inefable con el que compartes la ilusión de tu vida, el amigo con el que no hay secretos, el amigo al que buscas y encuentras cuando lo necesitas, el amigo al que le pides que te conforte en las horas amargas de la vida, el amigo que te comprende y aunque no te comprenda te sigue ciegamente allí donde tú vayas, el amigo que va y que viene allí donde le mandas, en definitiva, la persona con la que se complace tu alma, ese hombre, que con independencia de su estado, le haces esta pregunta:
“Pedro, ¿me quieres?; ¿me quieres?, ¿me quieres?.....”
Solo Dios sabe por qué eligió a un hombre casado para ser la Roca, el cimiento de la Iglesia. Un hombre casado está sometido a las presiones del mundo tal y como lo están los no casados, sin embargo, al casado hay que añadirle las angustias de sus responsabilidades como cabeza de familia que tiene, por regla general, el ineludible deber de mantener a sus hijos y a la madre de sus hijos. En este estado, en el de casado, el hombre está más expuesto al sufrimiento, tiene que ejercer todas la virtudes humanas y aquí es donde pone a prueba sus hechuras de hombre y precisamente, por esto, por ser hombre casado, se evidencian, palmariamente, sus carencias, su debilidad y de esto somos conscientes los hombres de mundo, los mismos que como Pedro, cuando Dios nos requiere para alguna tarea apostólica determinada, nos sale del alma suscribir las mismas palabras de Pedro:
“Señor, apártate de mí que soy un pecador”
Hasta aquí he llegado con toda la verdad que interpreto de la lectura del Evangelio. He contemplado a mi buen amigo Pedro con naturalidad, tal y como se tratan dos buenos amigos. Entrar ahora en la polémica de que si los hombres escogidos por Dios y por su Iglesia pueden o deben ser casados en virtud de que el príncipe de los Apósteles, muy probablemente, ejerció el mandato imperativo de Cristo teniendo mujer, no es materia de esta reflexión, pero para que quede meridianamente claro lo que piensa el autor de este artículo, al respecto puntualizo:

1. Hoy, Dios escoge a sus hijos y les demanda alma, vida y corazón indiviso sólo para El. Dios quiere Cristos, privilegiados varones y no mujeres, que le sirvan a El y a todos sus hijos con el ejercicio de una santa vida sacerdotal que no se puede compartir con una mujer ni con unos hijos.
2. La Iglesia Católica cumple con inmenso amor este mandato divino, queriendo solo lo que quiere Dios. Camina hacia el encuentro de su Divino Amado, Jesucristo, dirigida por su Magisterio que ni se equivoca ni se puede equivocar, porque Dios la ha hecho Infalible en sus benditas enseñanzas.
3. Por último, el católico que suscribe, hijo de la Iglesia en la que vive y ha de morir, solo quiere lo que quiere su Iglesia y lo que quiere su Dios.

Mujer heróica, mujer perversa

Mt.14,3-12;Mc.6,17-29 Martirio de Juan Bautista (APARTADO 4.30 DEL LIBRO)

En una mujer se puede dar el acto heróico más grande que pueda concebirse en la raza humana. Su valor supera con mucho la actitud del varón ante acontecimientos que pongan en riesgo la vida. La mujer durante el embarazo y sobre todo en el parto, pone todos sus órganos vitales al límite de sus posibilidades funcionales, un fallo en cualquiera de ellos supone la muerte fulminante, se juega la vida, así como suena, se juega la vida o por lo menos la salud, su integridad física y algunas veces psíquica. ¿Qué hombre estaría dispuesto a pasar por este episodio? La Historia Sagrada nos muestra mujeres que con su valor salvaron pueblos enteros. A la hora de la verdad, El Evangelio nos presenta a tres mujeres con el mismo nombre, María, la de Nazaret, la de Magdala, la de Cleofás, al pie de un madero en forma de Cruz donde se ha ajusticiado a un Hombre con el que le dan patética muerte. Con ellas se encuentra un joven varón, Juan. ¿Dónde están los hombres maduros en quienes, supuestamente, se dan las virtudes heroicas?
Un ser con semejante inteligencia a la del sujeto humano, que observara desde otro mundo el comportamiento de la mujer y del hombre, quedaría admirado ante el amor inconmensurable que una madre es capaz de ejercer sobre la hija o el hijo de sus entrañas al que transmite su propia vida poniendo en juego todas sus facultades, poniendo en juego la vida misma con la que ella existe. Pero también, este ser de otro mundo quedará estupefacto de la suprema maldad que puede generarse en un corazón femenino. Con perplejidad indefinida constataría que precisamente en la mujer se da el más alto grado de perversidad que pueda darse en la raza humana. La voluntad de una mujer al servicio de Satanás lleva a cabo actos de tal magnitud diabólica que se escapan a la interpretación con la inteligencia de varón. La mujer está sometida a la tentación del demonio desde el principio de su existir en este mundo y a través de ella y por ella el hombre también se ha visto en trance de cometer insospechadas barbaridades de las que nadie está exento de consumar. A un hombre, Satanás le puede tentar de manera directa, pero en algunos casos, el Averno se vale de la mujer, que ya tiene dominada, para conseguir, si puede, la perdición de un hijo de Dios.
Herodías es el prototipo de mujer en la que se manifiesta meridianamente la decrepitud de un corazón femenino emponzoñado, de un espíritu maléfico al servicio eficaz del padre de la mentira, al servicio del mismo Lucifer que la domina y la inspira en la ejecución de sus perversos actos.
Con premeditación y alevosía va rumiando la oportunidad de acabar con la vida “del profeta más grande nacido de mujer”. El día ha llegado, es el cumpleaños de Herodes, el hombre con el que convive en adulterio, denunciado públicamente por su despreciado delator, Juan Bautista. Conociendo el depravado corazón de Herodes, adorna a su hija para presentarla con estudiada sensualidad a los ojos podridos del rey y sus invitados. La maquinación satánica de esta madre sin escrúpulos da el resultado esperado y por fin se consuma su venganza ilimitada, el más grande nacido de mujer es decapitado por la maldita voluntad de otra mujer.

Dios a la vista

Mt.9,18-19;Mc.5,21-24;Lc.8,40-42 Jairo suplica a Jesús que salve a su hija moribunda (APARTADO 4.26 DEL LIBRO)

Una niña judía, de doce años, en estado de agonía, hija única de un tal Jairo, uno de los jefes de la sinagoga de un pueblo costero, nos reclama la atención. No sabemos su nombre, ni tampoco El Evangelio nos dice nada de su madre, solo, en este primer acto del drama, que ahora vamos a contemplar, se nos muestra un padre roto por la pena que inca sus rodillas a los pies de Jesús para implorarle que tenga a bien acompañarle a su casa y ponga sus manos sobre su hija moribunda porque si así lo hiciere su hija no moriría.
Esta es la fe de un judío, de un judío relevante, habitante de un lugar de cuyo nombre no se nos dice nada. Cree en el Taumaturgo con algunas limitaciones. Jesús podrá curar a su hija, pero sólo si pone sus manos sobre ella y por eso le urge pues su hija está para morir y si muere ya no se podrá hacer nada. Jesús ha captado, mejor que nosotros, la vacilante fe de quien le demanda el milagro. En su mente, como en la nuestra, se representa otra escena similar con otro personaje de otro lugar, quizás, cercano a este, también ribereño, el centurión de Cafarnaúm, un gentil, un no judío, que le sorprendería y nos sorprendería a todas las generaciones que habrán de venir con un acto de fe impresionante: ”Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas dí una sola palabra y mi muchacho quedará sano”. Estos dos hombres invocan a la Voluntad del Taumaturgo, el judío ya tiene preconcebido como se hará el milagro, dentro de unos límites que él ya ha marcado. El gentil, el no judío, invoca al Corazón de su Oyente, invoca a su querer y no a su poder, porque de este no le cabe duda, no delibera hasta donde puede llegar, cree con absoluta certeza que Jesús, si quiere, hará el milagro con solo quererlo, esté donde esté físicamente.

Mt.9,20-22;Mc.5,24-34;Lc.8,42-48 La hemorroisa es curada de su flujo de sangre (APARTADO 4.26 DEL LIBRO)

Jesús se acomoda a la fe del padre de la niña. Dios concede según la fe con que se le pide, aunque siempre da más de lo que se le pide. Este hombre pidió dos al que le podía dar doscientos mil si así lo hubiera pedido.
Pero ahora contemplemos otra dramática escena con otra mujer de protagonista, una mujer de notable posición que ha gastado su fortuna para curarse de sus permanentes hemorragias menstruales sin conseguirlo. La fe de esta mujer es inmensamente más grande que la de Jairo. Atención, amiga lectora, amigo lector, porque esta hija de Dios va a ser causa de que se consume un milagro de Cristo sin previo asentimiento de su Corazón humano. En el Evangelio no se verá otro milagro semejante. Estrujado por la multitud, percibió que alguien le tocó de diferente forma. Experimentó salir de El una virtud de la cual alguna persona se benefició. Jesús se detiene y pregunta, para sorpresa de sus discípulos, quien le había tocado. Como Hombre, escruta con su mirada para descubrir la persona que le ha robado un milagro. Otra vez, asistimos a una situación comprometida de una mujer en público. En el Evangelio, las mayores muestras de humildad se dan en la mujer. Ésta, postrándose a los pies de Cristo, declara su vergonzosa, para aquella sociedad, enfermedad, y así mismo, expone entre sollozos cómo ha sido curada.
Mi querida lectora, mi querido lector, la meditada lectura del Evangelio nos remueve a cada página leída, en permanente estupor reflexiono los hechos que se describen y no agoto la capacidad de sorprenderme. La curiosidad de Cristo como Hombre queda satisfecha, ya tiene a sus pies la mujer que solo le ha tocado la orla de su vestido. Como Hombre, le pasa igual que a mí, se sorprende de la Fe de esta hija de Dios, pero al seguir leyendo escucho, como escucharon todos, sus consoladoras palabras: ”Buen ánimo, hija; tu Fe te ha salvado…” y aquí me vuelvo a sorprender porque no volveré a encontrar en todo el Evangelio la palabra ”hija” en boca de Cristo dirigida directamente a su interlocutora. ¿Por qué Cristo llama ”hija” a una mujer, supuestamente, de más edad que El? ¿Estamos ante una frase hecha o tiene todo su sentido? Se acaba de producir un milagro, un hecho que suspende las leyes de la naturaleza, se ha consumado, de manera fulminante, la curación de una enfermedad padecida durante largos años en virtud de una Fe inmensa que pone al descubierto la Misericordia divina. En este misterioso acto parece como si hubiera actuado la Voluntad divina más que la voluntad humana de Jesucristo y a renglón seguido de escuchar sus palabras: “¿Quién me ha tocado los vestidos?”, como Hombre, se escucha las palabras de Cristo como Dios: “Buen ánimo, hija; tu Fe te ha salvado”, con lo cual, esta expresión: “hija”, hay que entenderla con plenitud de significado, la ha pronunciado el Creador del Universo, el Autor de la vida que, desde ya, contempla la salvación eterna de esta hija, una mujer que algo de su divinidad le ha reconocido.

Mt.9,23-26;Mc.5,35-43;Lc.8,49-56 Resurrección de la hija de Jairo (APARTADO 4.26 DEL LIBRO)

Dice el Evangelio que todavía estaba hablando Jesús cuando se llega a Jairo alguno de sus subordinados que le dice: ”Tu hija ha muerto; ¿para que molestar ya al Maestro?”. Con este “prodigio” de mano izquierda, este amigo de Jairo, le termina de partir el corazón. Para los dos ya no hay nada que hacer, la niña ha muerto, Jesús ya no podrá hacer nada más. Estas palabras llegan a los oídos de Dios, a los oídos del Hombre que acaba de consumar un acto divino y vuelto a Jairo le dice: ”No temas, cree no más, y será salva”. Jairo tiene el alma aturdida, su corazón de padre salta de la desolación a la esperanza sin tiempo para asimilar y reflexionar sobre las palabras que casi simultáneamente escucha de su amigo y de Jesús. Solo tiene que creer más de lo que hasta ahora ha creído y desconcertado, sigue al Maestro hasta donde está la niña. Allí los esperan la madre, desconsolada, y un alboroto de llantos y grandes alaridos porque la niña ha muerto.
La emoción de Jairo es indescriptible, abrazado a su mujer y sin poder sostener las lágrimas escucha decir al Maestro: ”…No lloréis, que la niña no murió sino duerme”. Se burlaban de El. Jesús manda despejar el lugar y queda solo con los padres de la niña y con sus discípulos preferidos: Pedro, Santiago y Juan. Entran todos a la sala donde está el cadáver de la niña y Jesús cogiéndola de la mano pronuncia: ”Talitha Kumi” que traducido significa: “Niña, te lo digo, levántate”. Nos han quedado estas palabras en arameo, la lengua con la que Cristo se expresaba humanamente, unas palabras que en su boca y al mandato de su Voluntad hicieron posible que el espíritu de la niña tornara a su cuerpo. La hija de Jairo se levantó, para estupor de los presentes, para estupor tuyo y mío, amiga lectora, amigo lector. ¿Quién es este Hombre?

Una mujer sorprendida "in fraganti" en adulterio

Jn.8,1-11 La mujer adúltera (APARTADO 5.13 DEL LIBRO)

Al contemplar, como ser humano, este patético drama, comprendo con pena lo terrible que es para la mujer de siempre verse sometida al juicio del varón de siempre. El adulterio es un pecado muy grave que trasciende a la persona que lo origina. Se hace daño a sí misma y a otras que, quizás, incluso se hundan en mayor decrepitud moral. Al final se responde de tus actos y de sus consecuencias en otras personas que se ven afectadas.
La cultura judía de aquellos tiempos era “inmesiricorde” con la mujer convicta de adulterio, pagaba con la muerte por lapidación a manos de hombres, que sin embargo indultaban al varón solo por el hecho de ser varón. La cultura de hoy, incluso en el mundo civilizado, no anda lejos de esta arbitrariedad y así, como si con nosotros naciera, se le atribuye a la mujer una facultad muy superior a la del hombre para soportar la tentación de una pasión y esto es una deplorable injusticia.
La jerarquía religiosa de aquel pueblo, los escribas y fariseos, al cabo ya de casi tres años de perseguir a Jesús, estaban desconcertados de sus obras y enseñanzas. Como nos lo hará saber Pilatos, el corazón de estos hombres estaba podrido de envidia y con ciego rencor buscaban cualquier ocasión para desprestigiar al Maestro que se había ganado el afecto del pueblo sencillo, que con inmenso agrado le escuchaba.
Para estos maestros de Israel se presenta la ocasión, quizás premeditada, y por decirlo así, “cazan” a una pobre mujer en flagrante delito de adulterio (así lo describe El Evangelio de San Juan). Con solo la palabra “flagrante” se entiende la cruda escena de la que somos testigos. En ningún otro texto del Evangelio se presenta escena más humillante para una mujer. Posiblemente, la inteligencia del varón sea incapaz de ponderar la suprema humillación que puede sufrir una mujer de cualquier tiempo expuesta, con toda su desnudez, a la inesperada malicia presencial de unos hombres sin escrúpulos que consumarán en ella la vejación más infame que se puede dar en un alma femenina.
Sin humanidad, sin compasión, a empujones, a toda prisa presentan a la adúltera en público, a medio vestir, con ilimitada vergüenza y anegada en suspiros entrecortados de la que intuye su inminente muerte. La arrastran hasta la altura de los ojos de Cristo, que estaba sentado sobre algún peldaño de los atrios del Templo de Jerusalén, estos mismos ojos que al contemplar el lamentable estado de esta pobre mujer se clavarán en el suelo con pudor divino. Seguros de que su infame batalla está ganada, con sanguinaria impertinencia le insisten:

”Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la ley, Moisés nos mandó que a semejantes mujeres las apedreásemos; tú, pues, ¿qué dices?”

Jesús no responde, sigue sentado y con sus ojos fijos en el suelo. El silencio eleva la expectación de la multitud. ¿Cómo saldrá de esta encrucijada? Si asiente con la Ley de Moisés, esta mujer será lapidada y entonces ¿en qué quedaría su fama de misericordioso y perdonador de pecadores? Por el contrario, ¿en qué quedaría su prestigio de Maestro y Taumaturgo si, como judío que es, asiente con el incumplimiento de la ley mosaica?
Solo se oye el sollozo de la pobre mujer, todas la miradas están fijas en Jesucristo que incorporándose se encara con sus adversarios a los cuales dice:

”Quien de vosotros esté sin pecado, sea el primero en apedrearla”

Todos y cada uno de estos hombres, decididos a lapidar a esta mujer, perciben que sus impurezas quedan al descubierto, se avergonzaron de si mismos porque sus conciencias dejaron al desnudo la decrepitud moral de sus corazones emponzoñados. Solo se oye el sonido de las piedras que caen de sus manos al suelo y se marchan. Para Dios nadie está perdido, la Misericordia divina siempre está dispuesta a dar otra oportunidad. Para el hombre, el juez más severo y sin piedad que le puede juzgar es el propio hombre.

La omnipotencia de una madre que sufre

Mt.15,21-28;Mc.7,24-30 “Sana Jesús a la hija de la cananea” (APARTADO 5.02 DEL LIBRO)

Al comenzar el tercer año de su vida pública, Jesús decidió marchar a las tierras de Fenicia. Una mujer de aquellas tierras tenía noticias del poder de este Judío al que se le conocía por el Hijo de David. Era madre de una hija y de un inmenso dolor, pues su pobre niña padecía de una endemoniada enfermedad. Esta mujer sabe que Jesús está en la Decápolis y decide llegarse hasta el Taumaturgo de la Judea para suplicarle la curación de su hija, con una Fe tan grande como su angustia.
El corazón de esta madre es un ejemplo irrepetible de compasión, pues sufre en sí misma el padecer de su hija, de entereza, de perseverancia, de Fe y de humildad. Sin respetos humanos gritaba con todas sus fuerzas tratando de abrirse paso entre la multitud que acompañaba a Jesús. Fue recriminada por el escándalo de sus gritos pero este, quizás, trato vejatorio no le disuadió de su empeño, gritaba y gritaba con el propósito de llegar a la cabeza de la multitud y encontrarse con Aquel que ella buscaba con pertinacia sobrehumana. Jesús era su única esperanza.

”¡Hijo de David, Señor, apiádate de mi!”.

Estas son las palabras que se repetían como lamentos a gritos por una mujer no judía cuya Fe solo es comparable con la de otro personaje también gentil y no judío, el centurión de Cafarnaúm. Ambos dejarán estupefacto al Hijo de Dios, que se sorprenderá de la seguridad con la que sus interlocutores le demandan un milagro que será consumado a distancia, sin presencia de los afectados, con el simple asentimiento de su voluntad humana y divina. Con desmedida perseverancia, esta mujer, alcanza al Señor que buscaba, ya dentro de la casa a donde iba y precisamente no la recibe con los brazos abiertos. Con todo el peso de su amargura, esta madre, sin ningún respeto humano y quizás, sin ninguna lágrima porque ya las había agotado todas, se echa a los pies de Jesús diciendo:
“Señor, socórreme”

Cristo le hará comprender a esta mujer lo que nosotros nunca hemos comprendido, que su Persona, su palabra, su misión estaba, en un principio, reservada a los hijos de la Promesa, le hará comprender que esta es la Voluntad de su Padre Dios, con unas palabras tan duras como grande fue la necesaria impertinencia de esta madre, sin más esperanza para la curación de su hija que el arrancar de este Hombre el favor que por lo demás no parecía estar determinado a concederle. Sin perder el ánimo, esta mujer parece conocer, más o menos de antemano, que su Interlocutor estaba reticente a concederle semejante demanda. Ella, que no era judía, podía esperar las lacerantes palabras de Cristo a las cuales contesta con otras que evidencian un prodigio de humildad, unas palabras pronunciadas con la sencilla espontaneidad de una madre sirofenicia y quizás algo de ellas lo traía ya preconcebido desde lo más profundo de su alma. La respuesta que oye Jesús de boca de esta cananea le maravilla. No veremos a Cristo en otra circunstancia que manifiestamente le sorprenda más que le sorprenden la Fe y las palabras de esta mujer:

“¡Oh mujer, grande es tu fe!; por eso que has dicho, hágase contigo como quieres; anda, ha salido de tu hija el demonio”

La mujer se marchó a su casa y encontró a su hija echada sobre la cama y el demonio salido de ella. Solo en un corazón de madre se puede dar la virtud de la esperanza, de la Fe, de la perseverancia y de la humildad en un grado de perfección tan alto como para arrancar de la Misericordia divina el milagro no previsto por la Justicia divina. Solo a un corazón de mujer se le puede ocurrir semejante oración:
”Señor, si conviene, concédeme lo que te pido y si no conviene haz que convenga”

La mujer encorvada

Lc.13,10-17 La mujer encorvada (APARTADO 5.46 DEL LIBRO)

Solo de la mano de San Lucas, llegamos en nuestro estudio, sobre “La mujer en el Evangelio”, al encuentro de una mujer dieciocho años enferma, con un mal en su columna vertebral que le obligaba, necesariamente, a ir encorvada, sin posibilidad de alzar la cabeza. Era una de las asistentes a la sinagoga en la que, un día de sábado, enseñaba Jesús, y al verla la llamó. Ella, sin poder alzar los ojos, se llegó hasta Jesús, no sin percibir que su corazón latía al galope. Sintió en su espalda el calor divino de la mano del Hombre al que solo podía oír y a malas penas ver a distancia. Como siempre que el Señor se dispone a hacer un milagro en público, se genera una expectación que deja mudos a los presentes. El más afectado es el arquisinagogo, el responsable de la sinagoga que no pierde detalle. La mujer, confusa, oye las palabras de Cristo: “Mujer, estás libre de tu enfermedad”, y sin ninguna dificultad se incorpora para encontrarse de lleno con la sonrisa y los bellísimos ojos del Hombre que la había curado. El estupor se apoderó de todos y con una superlativa insensatez, el que era la autoridad de la sinagoga, protesta porque a una mujer enferma se le había sanado en sábado. La casuística con la que este individuo justifica su contrariedad es espeluznante y muestra como este “brillante” fariseo miraba a esta hija de Dios que, seguramente, era asidua de la sinagoga. La miraba como se mira a una cosa, no le inspiraba el más mínimo sentimiento de compasión.
Amiga lectora, amigo lector, ¡ojo! con el fanatismo religioso que todavía es frecuente en nuestro mundo de hoy. La religión está hecha para el hombre y no el hombre para la religión. El fondo es más importante que la forma. El hombre es lo más sagrado a respetar, porque en él habita el mismo Dios. Cristo ha dado su vida por ti, por mí e incluso por este fariseo que le odia, por este religioso que antepone el cumplimiento de una formalidad sin espíritu a la salud y la vida de un ser humano. ¡Ojo! también con el que desnaturaliza la forma en virtud de un fondo que es cosecha exclusiva y excluyente de su corazón indisciplinado, que carece de la virtud de la obediencia, que en definitiva se sale de “madre” por una soberbia incontenida que disfraza con gestos y palabras fundamentadas en el arte de la media verdad y de la mentira, de la demagogia premeditada. Dios nos libre de hombres consagrados interpretando la liturgia al libre albedrío de su imaginación.

El silencio del mejor marido

Mt.1,18-25 Zozobras de San José (APARTADO 1.04 DEL LIBRO)

A continuación, en el Evangelio Concordado, aparece en escena un hombre justo y bueno, José, el esposo de María. Así como suena, el marido de María. Un hombre casado en situación de zozobra porque no sabe qué hacer. Si nos ajustamos a la interpretación literal del texto, puede pensarse que José está sorprendido del embarazo de su mujer, un embarazo en el que él no había intervenido. Al margen de una interpretación pueril de cual era el estado anímico de José, se puede tratar de emplear la lógica, en base a los datos que el propio relato evangélico aporta y aceptar el singular ejercicio de dos voluntades, la de María y la de José, que por no ser, en general, la normal voluntad de dos jóvenes casados, dejan por ello de estar fuera de lo posible y entender los hechos tal y como fueron. Estos esposos, este marido y mujer, probablemente, todavía no vivían como tal bajo el mismo techo de un hogar. Está demostrado que en la familia judía de aquellos tiempos un hombre y una mujer podían estar casados, con todos sus derechos y obligaciones, y sin embargo permanecían, durante indefinido tiempo, en el hogar paterno, cada cual en la casa de sus padres.
De la respuesta de la Virgen, ya desposada con José, a Gabriel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”, puede interpretarse que esta Mujer, aun estando casada, no tenía voluntad de dejar de ser Virgen. Por lo que se deduce de esta pregunta, posiblemente, hubo un entendimiento previo y mutuo entre María y José que se consumó en la intimidad de un pacto entre dos personas singulares que obran al dictado de su soberana libertad, en virtud de la cual se abstienen de un derecho conyugal incuestionable. En este razonamiento no podemos pasar por alto que estamos ante la Inmaculada Concepción y un hombre elegido desde la eternidad para ser digno marido de la Madre de Dios. La Virgen es una joven judía profundamente enamorada de José, un joven judío al que Dios dotó de una pureza con la que no hay términos para definirla en lenguaje humano, una pureza proporcionada a la de la Mujer que tenía por esposa.
Esta joven judía, María, sí da crédito a las palabras de Gabriel que hacen referencia al embarazo de su tía, Isabel, una mujer anciana que ya está de seis meses de gestación. Con esta Fe decide visitar a su parienta y dentro de un razonamiento elemental, el lector puede comprender que esta joven esposa fuera acompañada de su marido a un lugar distante 100 Km. El Evangelio no lo expresa, pero ¿quién puede dudar de que un buen marido acompañe a su esposa en un largo viaje, no exento de posibles peligros y dificultades? No concibo a María realizando el viaje sola, la contemplo junto a José camino de Ain Karim y si esto fue así, doy por hecho que no ocultaría a José el motivo del viaje, y si no le ocultó el embarazo de su anciana prima ¿por qué le iba a ocultar la realidad del suyo?, ¿por qué le iba a ocultar, al hombre de su alma, a su marido, que había concebido sin concurso de varón?
José, escuchó, vió y reflexionó. Escuchó a la Mujer de su alma y la creyó. Después pudo contemplar con sus propios ojos la evidencia sorprendente del nacimiento de un niño del vientre anciano de una mujer anciana. Escuchó las palabras de Isabel, que se dirigía a María como la Madre de su Señor. Reflexionó de la manera que un hombre justo y bueno puede reflexionar. No pone en duda la integridad virginal de su esposa María, sabe que en el bendito vientre de su Mujer hay engendrado un Niño por obra del Espíritu Santo que es el Hijo de su Dios y el Hijo de su Mujer, ¿qué hace él en este portentoso acontecimiento?
Este es, a mi juicio, el fundamento de las zozobras de José, pues no entendería otros pensamientos en la mente de un marido bueno al que Dios le concede la mayor dignidad posible en un hombre. Otra cosa será que otros no lo entiendan, pero esto es materia opinable y cada cual puede quedarse con la interpretación que más se acomode a su leal saber y entender, siempre y cuando no esté en contradicción con el Magisterio de la Iglesia Católica.

Nacer de nuevo


Dios crea al primer hombre, a la primera mujer, por pura iniciativa suya, los crea a su imagen y semejanza. Cuando el hombre despierta de su primer sueño, contempla lleno de admiración a la mujer que Dios generó de una costilla suya y lleno de gozo exclamó:

“Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gén 2,23)

Esta afirmación del primer hombre ya no volverá a tener sentido en ningún otro hombre, porque el siguiente varón será consecuencia de la unión de un padre y una madre. A partir de aquí todo ser humano es consecuencia de un acto procreador entre un hombre y una mujer y por lo tanto la frase: “Este si que es carne de mi carne, sangre de mi sangre y huesos de mis huesos”, solo se le puede atribuir, con propiedad, a una madre con respecto a la hija o al hijo de sus entrañas.
A partir de que Dios decide disponer de la mujer como medio, soberanamente libre, para multiplicar la raza humana, el hombre nace cuando Dios quiere y cuando la mujer quiere. Dios dota al cuerpo de la mujer de unas cualidades de reproducción perfectas. La mujer da a luz un ser humano que es lo más perfecto de la creación. Pero a la mujer también se le dota de un alma en virtud de la cual, como el hombre, se hace semejante al Creador que la crea, es decir, semejante a Dios. En el ejercicio de las potencias de esta alma, de su entendimiento y de su voluntad, la mujer se hace fértil para la vida y con la imprescindible colaboración del varón engendra, ni más ni menos, que un ser humano, una hija o un hijo de Dios, que es lo más noble y lo más grande y perfecto que puede generar su naturaleza de mujer.
Hay un dicho popular que dice: “El hombre propone y Dios dispone”. En la mujer, la secuencia se invierte cuando se trata de engendrar una nueva vida: “Dios propone y la mujer dispone”. Si Dios quiere pero la mujer no quiere, de esta posible madre no nacerá el hijo que Dios pretendía.
Dios, en su infinita sabiduría, ha querido asociar a Sí la libre voluntad de la mujer y del hombre para que un ser humano sea una realidad tangible en la creación, pero si la mujer no quiere no engendrará y en el más nefando de los casos, si queda embarazada y no quiere al ser que lleva en sus entrañas lo expulsa y no le da opción a la vida, frustrará la voluntad divina con el libre ejercicio de su voluntad humana y ni ella, ni el hombre verán al hijo pensado por el Amor divino antes de que el mundo viniera a ser.
Se podría elucubrar con que este poder tan grande en la mujer, en este caso, de generar una vida humana, la hace superior al varón y esto no es verdad y así lo manifiesto sin más para no alargar esta reflexión. En la dinámica con la que un hombre y una mujer generan un ser humano, en el mejor de los casos, la mutua y leal entrega de ambos lo precede, en el peor de los casos, el amor, casi siempre, lo pone ella y el egoísmo lo pone él. A partir de aquí, el varón, en primera instancia, queda a la espera de las consecuencias de un acto cuya razón de ser, quizás, no fue el mutuo consentimiento procreador. A partir de aquí, a la mujer se le atribuye una responsabilidad inmensa si, porque así Dios lo ha querido, engendró una vida con un alma ya desde el mismo instante de su fecundación, un ser humano que en breve será hombre o mujer siempre que ella lo acepte. Esta mujer, si solo ha sido objeto de deseo del varón, se queda sola con su verdad y esta, su íntima verdad, es que ha de compartir su salud, su vida, con el ser que lleva en sus entrañas. Sus facultades físicas e incluso psíquicas se ponen en juego. Con mayor o menor apoyo moral, el camino de su embarazo lo recorre ella sola y al final en un supremo acto de valor humano pone en riesgo sus órganos vitales, se juega la vida, abriendo inusitadamente sus entrañas para traer al mundo un hijo de Dios que también es hijo suyo. Con este acto de ilimitada donación de sí misma, la mujer hace que el rango del varón desaprensivo se eleve a su misma altura, es decir, el hombre pasa de ser solo marido a ser marido y padre que es la fortuna más grande a disfrutar en este y en el otro mundo. Pero además a la mujer le embarga una emoción indescriptible. Ya no siente el dolor, ni el sudor frío, ni sus temblores, ni sus temores, coge a la niña o al niño recién nacido lo pone sobre su pecho y de su corazón de madre le llegan a sus labios estas palabras:

“Tú, hija mía, hijo mío, si que eres carne de mi carne y huesos de mis huesos”

Se confirma un axioma universal que en clave sobrenatural se define con esta afirmación: “La madre es al cuerpo del hijo como Dios es al alma del hijo”. La madre llevará a su fin la realidad corporal del hijo, que engendra con el concurso imprescindible del hombre de sus amores, genera el cuerpo y el Padre Dios genera el alma. La mujer colabora con Dios, arriesga su vida, pero como consecuencia de su generosidad propicia la consumación del acto más importante del ser humano, traer al mundo otro ser humano que, en virtud de la Fe en Jesucristo, tendrá la oportunidad de ser hijo de Dios, un hijo que no nace por la voluntad del hombre sino por la Voluntad de Dios.
A partir de la creación de la primera mujer, Dios pide, valga la expresión, como permiso a sus hijas para consolidar la raza humana. Dios pedirá permiso a la mujer para traer un hijo o una hija al mundo, después, si así lo dispone, se lo llevará sin contar con la voluntad de la madre. Así caminó y así camina la generación del hombre con el simultáneo concurso del varón y la mujer, hasta que, cuando se llegó a la plenitud de los tiempos, Dios determina hacer bajar del cielo a su Hijo. Se escoge una Preciosa Jovencita judía a la que previamente había preservado del pecado original. Esta Mujer se engendró en el vientre de su madre ya Inmaculada, esta Mujer es requerida por el Padre Dios que pone a su consideración la encarnación de su Hijo si Ella lo quiere. Dios espera la contestación de una Mujer, ésta le confirma que acepta y el Dios Espíritu, el Espíritu Persona que procede del Padre y del Hijo, también baja del cielo, la cubre con su sombra, la fecunda y ¡atención! se queda dentro de Ella, y diríamos, si para Dios hubiera espacio, que no se vuelve al cielo sino que se queda allí, dentro de esta Mujer para siempre. Esta Mujer queda embarazada sin concurso de varón, así pues, el Cuerpo de Cristo será consecuencia de la actividad celular del inmaculado cuerpo de María y de la acción invisible de un Espíritu Santo, el Dios desconocido, que complementará la perfecta e integral naturaleza humana de Jesucristo. A esta Madre más que a ninguna otra madre posible se le puede atribuir la plenitud del significado literal de las siguientes palabras:

“Hijo mío, Tú si que eres carne de mi carne, sangre de mi sangre y hueso de mis huesos”

Cuando Jesucristo exclama en la sinagoga de Cafarnaúm: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna..” implícitamente está asegurando que el que come su carne y bebe su sangre, (en la forma que un ser humano puede hacerlo, es decir, en la forma de pan y vino consagrados que por efecto de la Transubstanciación se transforman en la Persona de Cristo con su cuerpo, con su sangre, con su alma y su divinidad) tiene vida eterna desde ya mismo. Desde la Fe algo muy importante hemos de asumir, que al gustar la carne y la sangre del mismo Cristo, estamos gustando la Persona de Dios con sabor a la bendita carne y la bendita sangre de su Preciosa Madre, pues, como ya hemos afirmado, en Ella, más que en ninguna otra mujer tiene plenitud de sentido la frase: “Hijo mío, Tú si que eres carne de mi carne y sangre de mi sangre”.
Como ya hemos expuesto anteriormente, el Espíritu del Padre y del Hijo, este Espíritu Persona genera, sin concurso de varón, el embarazo de una Virgen que al cumplir los ordinarios nueve meses de gestación, como todas las mujeres, dará a luz al Autor de la vida, al Hijo eterno del Padre. Este Espíritu fecundador de su Madre ya no la abandona, manteniéndola como en un estado latente para manifestar otra universal Maternidad que se nos va a consumar en el Calvario.
La Virgen María, al aceptar ser la Madre de Dios se hace depositaria de la Gran Promesa del Padre, ganada por la posterior muerte y resurrección de su Hijo, de este Hombre que ha engendrado del Espíritu Santo. Este Espíritu, desde Ella, tomará posesión del alma de la mujer o del hombre destinado para la vida eterna, es decir destinados a ser hijo o hija de Dios y herederos de su gloria. Por la muerte y resurrección de Jesucristo, la bienaventuranza del hombre o la mujer es posible, nos ha hecho hijos de su mismo Padre y esta gracia sublime la recibimos a través de su Madre, la Virgen María, la Medianera universal de todas las gracias y tiene su comienzo en una filiación mariana, es decir, desde María y solo desde María se llegará el Espíritu a aquel que fue escogido para gozar del “cara a cara” de la visión beatífica que se nos promete a los creyentes.
Cuando el fariseo Nicodemo, de incógnito, por la noche, se llega a Jesús para solicitarle información sobre su Persona y su doctrina, oye las siguientes palabras:

”En verdad, en verdad te digo: si uno no fuere engendrado de nuevo no puede ver el Reino de Dios”.

El Señor, en principio, le habla de un engendramiento que no es lo mismo que un nacimiento. Por ideas comparativas con respecto a la procreación humana, Cristo nos sitúa en el comienzo de una vida humana, en el mismo instante de la fecundación de la mujer. Para que esto, en el terreno humano, sea posible, se precisa del ejercicio de las respectivas naturalezas de la mujer y del varón, consecuentes progenitores de un nuevo ser. Pero si uno ya ha nacido ¿cómo puede ser engendrado de nuevo?
Nicodemo no capta el sentido de las palabras de Cristo. Obvia, por imposible, el concepto de engendramiento, se sitúa en el siguiente paso, nacimiento, y además lo pone más difícil porque le atribuye al supuesto ya nacido la edad de un viejo:

“¿Cómo puede un hombre nacer si ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y nacer?”

Da por hecho de que para nacer primero hay que tener una madre, pero también da por hecho que una vez nacido no hay más madre que la madre biológica. Aquí la entrevista se pudo acabar, pero Jesús le seguirá interpelando, haciendo uso de una paciencia divina, con unas palabras que Nicodemo puede oír y no entender pero que sin embargo a dos mil años vista son palabras de vida para nosotros. Le dirá:

“En verdad, en verdad te digo, quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es, y lo que nace del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te haya dicho: “Es necesario que nazcáis de nuevo”. El aire sopla donde quiere, y oyes su voz, y no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo el que ha nacido del Espíritu.”

Los esquemas reflexivos de Nicodemo se circunscriben solamente a una deducción racionalista, por tanto no sobrepasan la consecuente interpretación materialista de las palabras de Jesús, no llega más lejos a pesar de ser maestro de Israel. Jesús le razona desde una perspectiva espiritual que no hace uso de los sentidos para tratar de hacerse entender. Cristo asegura la posibilidad de nacer de nuevo a una vida nueva que ha de entenderse en clave de espíritu pero tan real como el físico nacer biológico. Para el nacimiento biológico es condición necesaria tener una madre que primero te engendre y después de sí misma te aporte la materia con la que conformará tu cuerpo. Para este nuevo nacimiento del Espíritu no se necesita una madre biológica. Por ideas comparativas pudiera razonarse que para ejercer una nueva vida en el Espíritu, primero hay que ser engendrado en este mismo Espíritu y posteriormente nacer de este mismo Espíritu. Pero el Espíritu, por Sí mismo, no es una Madre en cuyas entrañas se engendra un nuevo ser que en este caso es espiritual. El Espíritu es la Potencia generadora que me transmite su esencia en virtud de un acto de Fe con el cual no solo lo descubro como el Principio de mi nueva vida sino que además, también por un acto de Fe, descubro que esta vida me viene dada desde dentro de un seno materno en el cual este Espíritu está aposentado desde que la persona que lo lleva, la Mujer, la Virgen María dijo si al Dios que la escogió de entre todas las mujeres. Tengo que engendrarme de nuevo en el seno de esta Madre y recibir la plenitud del Espíritu de la que Ella está llena y volver a nacer a otra vida que el mundo no sabrá de donde me ha venido ni en donde acaba. El hijo biológico deseado, antes de su uso de razón, sin voluntad, es producto del ejercicio de dos voluntades, la de la madre y la del padre. También debo creer que, como ser con otra nueva vida, de esta que me confirma Jesucristo, soy consecuencia del acto de mi soberana voluntad y del acto de otras dos voluntades, una es la del Dios Trinitario, Padre, Hijo y Espíritu Santo y la otra es la voluntad de una Madre. ¿De qué Madre se trata?
Cristo dice que su Padre es Dios, dice a la Samaritana que su Padre es Espíritu y los que le adoran en espíritu y verdad le deben adorar. Más tarde cuando asegura que es el Pan que ha bajado del cielo dirá a los que se escandalizan: “El Espíritu es el que vivifica; la carne de nada aprovecha. Las palabras que Yo os he hablado son Espíritu y son Vida”. Ya a poco de expirar en la Cruz, mirando a su Madre, lleno de compasión hacia Ella, con la pena sobreañadida de verla, gustando tan de cerca, la amargura suprema de verle morir con extremado sufrimiento colgado y clavado a un madero, le dirá: “Mujer, he ahí a tu hijo” y así mismo dirá a Juan: “He ahí a tu Madre”.
Amigo mío, amiga mía, esto es nacer de nuevo. Al llegar hasta aquí en la lectura de esta Autobiografía de Jesucristo, del Evangelio Concordado, sutilmente captamos que algo ha cambiado en lo más íntimo de nuestra alma, hemos sido engendrados durante un indeterminado tiempo, el consumido mientras meditábamos las palabras de Cristo que tantas veces nos han interpelado a la razón, a la Fe, a la voluntad. Ahora en la más patética de las escenas del Evangelio captamos que a una Mujer, en el límite de su padecer y amargura sin fondo, le atribuyen la maternidad de un hijo que no es de su carne, ni de su sangre y sin embargo sabiendo que en boca de Dios las palabras tienen el sentido que expresan y no pueden considerarse metafóricas, creo que esta Mujer captó, en su bendito Corazón de Madre, que todo su ser asumía al joven, que tenía a su vera, como hijo de sus entrañas. A la luz meridiana de la razón y de la Fe, el cristiano acepta con plenitud de conciencia que esta Mujer es, en sentido literal, la Madre de Juan, que igualmente ha oído las palabras del Hijo de Dios agonizante. Ambos perciben en lo más hondo de sus almas que son, efectivamente, una Madre y un hijo, un hijo que ha nacido de nuevo de una Mujer y un Espíritu Santo que permanece en Ella desde el mismo día que la fecundó. Juan viene a ser el modelo de nuestra filiación divina y mariana consumada en un nuevo nacimiento por el agua de nuestro bautismo y el Espíritu, un Espíritu Santo que nos viene dado desde las mismas entrañas de una Mujer, de una Madre de Dios que también es Madre mía. Esta Preciosa Madre es María.

El amigo roto

Mt.5,31-32. El divorcio (APARTADO 4.07 DEL LIBRO)

Los hombres podemos engañar a otros hombres, e incluso a nosotros mismos, pero a Dios no lo podemos engañar. Ante el mundo se podrá justificar un amancebamiento con el “brillante término” de parejas de hecho. Un varón y una mujer unidos en virtud de su mutuo asentimiento ratificado por solo la palabra y un “haber que pasa”. Al poco tiempo, lo que desordenadamente se unió, desordenadamente se separa, siendo, por lo general, la mujer la que carga con la peor parte. Se edifica una casa sobre arena y a la menor contrariedad comienzan las desavenencias, esta pareja de hecho se agrieta y en breve se arruina para desgracia de ellos mismos y de sus hijos.
Cristo no se refiere a estas uniones que solo son reconocidas por sociedades divorcistas y así les va. Cristo hace mención del legítimo matrimonio y avisa que cuando el varón, por su ineptitud, por su infidelidad o por su malicia, rompe el sagrado vínculo que le une a la madre de sus hijos, comete adulterio y predispone a la mujer a cometer el mismo pecado. El hombre que así actúa viene a ser responsable inicial de un adulterio que afecta a tres personas, a él, a su mujer y al hombre que se une a su mujer.
Dios ha puesto en aviso a todas las generaciones de lo que este pecado puede suponer para una sociedad, porque con este acto se da lugar a un encadenamiento de posibles desordenes que trascienden a la persona que lo inicia. Un divorcio puede generar un indefinido desmembramiento familiar de imprevisibles consecuencias. Al cabo del tiempo, no mucho, cuando el hombre que ha generado un divorcio recapitula su vida, se encuentra con una cosecha de amargos frutos que no le harán muy placentero el tramo último de su existencia. La soledad no es buena compañera para iniciar el viaje a la otra vida, pero desde luego, si lo que te acompaña son las consecuencias de tu divorcio en otras muchas personas, que ni siquiera has conocido, es más que probable afrontar la muerte sin esperanza.
Ahora, quizás venga bien poner a tu consideración, amigo lector, lo que supone un adulterio y para ello transcribo literalmente lo que un poeta de mi tierra (D. Adolfo García López) hacía público, en la prensa local, reflexionando, con el alma abierta por los sentimientos de frustración que le embargan, sobre un adulterio consumado por un amigo sin nombre.

EL AMIGO ROTO

Entrar en el laberinto de una vieja modernidad como es el adulterio no es un gesto para ser aplaudido por personas que tienen en alta estima los valores de la decencia.
He sido ilusionado amigo, compartiendo momentos felices verso a verso. Hoy solo queda el amigo decepcionado, roto y herido, porque has decidido vivir las secuencias de un poema sucio, suciamente concebido en el mudalar donde solo reina lo más bajo de instinto.
Has desbaratado el nido que libremente erigiste; en el que un día lloraste ante la cuna vacía, y hoy solo se escucha el desencanto de una adolescente que tiene tu apellido y un hermoso nombre.
Me llamaste amigo y maestro, pero no te he enseñado a usar en tu vida las neuronas pélvicas
para que sean promotoras de la conducta. El hombre es hombre cuando emplea los valores morales de cintura hacia arriba. Cuando solo emplea los de abajo, pone de manifiesto su condición de macho. El amor no es entregar el cuerpo a los deleites de la carne.
Este viejo poeta desde su fe en la esperanza te invita a ser coherente, mientras entretengo el pensamiento desnudando madrugadas.


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